
“Si mi sangre contribuye para que en Trujillo amanezca y florezca la paz que tanto estamos necesitando, gustosamente la derramaré”.
El cadáver del padre Tiberio Fernádez Mafla, sacerdote de Trujillo, fue encontrado el 23 de abril de 1990 flotando en el río Cauca. Unos días antes había pronunciado esas palabras durante su sermón desde el púlpito, que habitualmente aprovechaba para denunciar la macabra situación que vivía aquel municipio campesino del suroeste de Colombia. Su cuerpo desmembrado fue encontrado como tantos otros colombianos antes, flotando río abajo. Había recibido ocho disparos en el costado, que le habían destrozado las costillas. Había sido castrado, mutilado de manos y pies y, finalmente, decapitado.
Aquel crimen fue solo el clímax de uno de los episodios más horribles de la historia colombiana, la conocida como "masacre de Trujillo", en la que se calcula que murieron 342 personas entre 1989 y 1992. En aquellos años, los municipios de Trujillo, Riofrío y Bolívar sufrieron una secuencia generalizada y sistemática de desapariciones forzadas, torturas, homicidios selectivos, detenciones arbitrarias y masacres. Una crueldad extrema en forma de asesinatos, violaciones y torturas para amedrentar a la población, cuyo silencio solo se rompía con el sonido de las motosierras con las que descuartizaban en vida a los campesinos sospechosos de colaborar con la guerrilla del Ejercito de Liberación Nacional (ELN), y cuyos cuerpos mutilados eran arrojados al río Cauca, testigo mudo de la barbarie que llegó a ser rebautizado como el "cementerio clandestino".
"…Él me dijo (…) que en esa hacienda llevaban tiempo haciendo lo mismo y me contó del caso de otro hombre al que mataron y le decían 'El Mocho' y quien no aguantó la tortura. Me dijo que no cantó nada y que le colocaron el soplete en los testículos y que no aguantó nada. Luego, me dijo, calentaron una varilla con el soplete y se lo introdujeron por el ano al rojo vivo, y después le levantaron las uñas con una navaja. Debido a eso no aguantó y se murió...".
(Extracto de la Declaración manuscrita de Daniel Arcila,
testigo del genocidio que, tras fugarse,denunció el hecho a las autoridades)
El testimonio de primera mano de Daniel Arcila fue invalidado por los fiscales, al ser declarado enajenado mental por Medicina Legal, ante las inverosímiles historias de extrema atrocidad que detalló el testigo. Hasta su entorno familiar llegó a ser desacreditado, en una época en que la Justicia caminaba entre sombras y sospechas. Arcila desapareció en 1991, presuntamente asesinado.
Aunque el Estado colombiano fue condenado en 1995 por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), lo que obligó al entonces presidente Ernesto Samper a pedir excusas públicas, la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) sigue denunciado la impunidad y la ausencia de un fallo condenatorio por esos crímenes, de los que muchas familias aun buscan una respuesta, luchando día a día contra el olvido de la sociedad colombiana, algo que para ellos resulta imposible.
"Ángela Valencia de Cano, de 70 años, debió soportar, parada en el corredor de su casa, los gritos de dolor de su hijo José Dorniel Cano mientras era torturado en la alcoba principal, y ver cómo 10 hombres ataban de pies y manos a sus otros dos hijos, Rubielider y José Alvem, y a Ricardo Burbano, un trabajador de la finca. Sus gritos de misericordia solo obtuvieron como respuesta golpes en la cara. El hombre que la encañonaba con una pistola le dio varias veces con la cacha. A José Dorniel lo molieron a golpes, le amputaron los dedos y le arrancaron los testículos con un arpón. Cuando estaba al borde de la inconsciencia porque no habían logrado sacarle información, los victimarios dejaron la habitación y amenazaron con asesinarlos a todos. Ángela oyó tres disparos. Tendida en el corredor, supo que sus hijos estaban muertos. José Dorniel se desangró. Dejó una viuda y siete huérfanos"
(Relato extraído del reportaje "Trujillo, una tragedia que no cesa",
publicado en 2008 por la revista Cambio)
Dos décadas después de aquellos hechos, y a través de testimonios reales, notas periodísticas, documentos históricos y dramatizaciones, la obra teatral "El deber de Fenster" reconstruye aquel violento episodio y reabre el expediente número 11007 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, así como el testimonio de Arcila ignorado por la Justicia.
Escrita por Humberto Dorado y Matías Maldonado, y dirigida por Nicolás Montero y Laura Villegas, la obra recorre la travesía emocional de Edel Fenster, un editor ficticio que recibe el encargo de armar un documental sobre la masacre. Metáfora de la sociedad colombiana, Fenster (Jairo Camargo) se sumerge paulatinamente en el rompecabezas del genocidio, planteándose si debe revelar la verdad y, a partir del testimonio de Arcila (interpretado por Daniel Castaño), inicia un itinerario emocional que le lleva a obsesionarse con la necesidad de saber qué fue lo que realmente ocurrió en ese caso y cómo operaron el sistema judicial y los mecanismos de olvido de la sociedad.
Una fijación que vivió el propio Humberto Dorado, autor del texto: "Es una revelación sobre lo bueno que es saber la verdad y, al mismo tiempo, el horror de saber la verdad. (…) Eso es lo que le pasa a Fenster, que somos nosotros mismos de alguna manera. Pasamos del asombro, al horror, al hastío, al asco y al deseo de querer huir del tema, pero no poder huir", reconoció el escritor a Efe. "La indiferencia es un arma para proteger a los culpables".
Un olvido en forma de expediente archivado. El 11007. Un número más, como aquellos 342 muertos.
(Extracto del informe de la Comisión Nacional de
Reparación y Reconciliación (CNRR) sobre la masacre de Trujillo)

1 comentarios:
Aquí en Washington tenemos que escribir sobre infinitud de casos de la CIDH, que se suceden en comunicados farragosos e indescifrables, y que no se sabe muy bien a dónde van. Al leer esto ha sido como arrojar un poco más de luz sobre la enrevesada burocracia humanitaria que acaba siendo un número entre muchos de un expediente, como tú dices.
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