05 octubre 2010

Aquel chaval con relámpagos en los ojos

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(Foto de Mauricio Dueñas / Agencia EFE)



Deja unos segundos de silencio y suelta un murmullo de sorpresa, como si esa pregunta contuviera en el fondo un pequeño reto encerrado. "Al mundo no le falta poesía", responde finalmente Ismael Serrano. "Lo que falta es la calma necesaria para reparar en ella". Su expresión seria se dirige entonces hacia el denso cielo bogotano, cuyas nubes parecen a punto de reventar en millones de pedazos de agua. Incluso la pálida luz invernal que entra a tientas por los ventanales del último piso del hotel parece darle la razón, mientras él prosigue. "Nuestra vida tiene poesía en las pequeñas cosas. Nuestras pequeñas batallas están cargadas de una épica de la que no siempre somos conscientes. Quizá falta que reparemos en ella con la atención y tranquilidad que realmente merece". Algo que este cantautor aprendió de otros con los que ahora se le compara, como Serrat, Sabina, Aute o Silvio Rodríguez, en los que encontró "la posibilidad de sentir que en mis pequeños fracasos y en mis pequeños éxitos había una heroicidad maravillosa, que le daba sentido e intensidad a las cosas".


Una chaqueta deportiva, unos vaqueros desgastados a propósito y unas zapatillas con juveniles tonos anaranjados no ocultan que el tiempo ha pasado para Ismael Serrano, el mismo que admite, en una de sus últimas canciones, que atrás quedó aquel muchacho con relámpagos en los ojos, esos que el paso de los años ha llenado de una trascendencia tan serena que incluso en ciertos momentos llega a inquietar. Esos ojos que conservan miedos por los que aún debe cantar, y que sienten aún el vértigo al echar la vista atrás.


No es que este músico sea tan mayor, pero sus treinta y seis años encierran en realidad la memoria de un viejo que ya ha vivido doce vidas. Por ello, el título de su último disco, "Acuérdate de vivir", entraña una invitación a mirar al pasado, no con nostalgia, sino para desempolvar el recuerdo de lo aprendido, lo perdido y lo encontrado. "Creo que nos hemos olvidado de vivir, o pensamos que vivir conlleva una cierta resignación, como si creyéramos que ciertos fracasos son ineludibles, que hay que renunciar a los sueños y asumir estoicamente el papel que se nos asigna", explica. "A veces uno debe detenerse y recordar que debe vivir".


El silencio, de repente, vuelve a hablar por él. En realidad, la poesía que impregna todas sus canciones también aparece hilada en su voz, esa que tiembla frágilmente cuando canta, pero que no titubea ni un segundo cuando conversa. Durante toda la entrevista no deja de lanzar al aire frases que rozan lo literario, pero que todavía siguen dejando entrever a ese espontáneo chico de barrio al que se le escapan varios joder entre párrafos.


Más le influenció en su manera de contar (y cantar) la vida el ser hijo de un poeta y periodista. Y es que a Serrano le gusta entender al cantautor como el "cronista social y sentimental del tiempo que le toca vivir", desde la emoción y la poesía, siempre presente. "Precisamente eso es el juglar, el trovador, el que contaba historias no desde la objetividad y lejanía, sino implicándose, sintiendo como propias las luchas, las tragedias, las alegrías y las esperanzas ajenas". Por ello, una de las emociones que más le abruman, cuenta, es descubrir que sus canciones han conseguido marcar un instante en la vida de otra persona. "Es lo que da sentido al oficio, es la magia de la canción. Se generan vínculos con gente que vive lejos de ti, otras realidades, otra vida. Y sin embargo te das cuenta que la música incide en lo que nos une, más que en lo que nos separa". Porque como él mismo cantó en "Vértigo", uno de sus temas más reconocidos, qué sano es arrancarte esa risa, joder. Ese joder que seguramente también hubiera soltado aquel chaval con relámpagos en los ojos, y que quizá nunca acabó de marcharse del todo.



(La entrevista completa con Efe, aquí)



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