08 octubre 2010

Notas

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Para escuchar mientras se lee este texto: "Recuerdo", de Ismael Serrano





Cuando las notas de esa guitarra española empiezan a surcar melancólicamente cada rincón del oscuro teatro, siento como si el mundo entero se desvaneciera a mi alrededor. Allí estoy yo, sentado en mitad de un océano rojo repleto de sillas viejas pero ausente de personas. Mientras, en el escenario, un trovador de estos tiempos raros que vivimos canta acerca de la belleza escondida en el cajón de los tristes desamores, o qué se yo. Quizá simplemente hable de los calcetines desparejados que rondan a cada lado del mundo, esperando reencontrarse con la otra mitad de la que se separaron. Juraría que incluso una de las lágrimas que se deslizaban por mis mejillas se detuvo a escuchar el eco de esas melancólicas canciones, hasta que no soportó más y se echó a llorar desconsoladamente, como únicamente saben llorar las lagrimas. De haber podido, mis suspiros hubieran dicho basta y con un golpe de estado en mi cabeza habrían intentado acabar con los sentimientos que okupan mi alma desde que te marchaste, esperando un regreso imposible en un mundo improbable. Porque en ese momento, si te soy sincero, lo único que querría es que solo tú, y nadie más que tú, fueras la que bailara entre mis dedos, cuerdas de una guitarra que aguarda a que alguien sepa afinar de nuevo sus notas, en esa ciudad cuyo otoño nunca acaba de marcharse.


La pintura: "El beso", de David Lara (San Gimignano, 2002)

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