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19 octubre 2010

Historias de Medellín: "Nunca entenderán"

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Grupo de casas de la Comuna 13, en la ladera occidental de Medellín



Fabiola apoya su arrugado rostro sobre la barandilla de su balcón y lanza un largo suspiro. A unos metros, su sobrino de tres años, Juan Camilo, un niño sonriente de cabeza enorme, juega plácidamente con un pequeño tractor abollado por los golpes contra el suelo. Ella le mira, tuerce el gesto y vuelve a repetir la misma frase con la que había interrumpido la conversación. Él nunca llegará a entender. Nunca.


En la Quebrada de Juan Bobo el atardecer no cae, sino que literalmente se derrumba. Desde las alturas, ese barrio de la comuna 1, en la ladera nororiental de Medellín, aparece como un conglomerado desordenado y caótico de piezas amontonadas, con calles que serpentean por la escarpada ladera con el único criterio de no saber a dónde se dirigen, a veces subiendo, otras torciendo, en ocasiones escalando y en la mayoría de casos rodando escaleras abajo en la dignidad humana. Cualquier recién llegado podría considerar que ese lugar es, sin duda, el fin del mundo. Y sin embargo, Fabiola vuelve a repetir lo mismo, entre susurros. Nunca entenderá. Nunca entenderán.


Ella sabe que Juan Camilo, y cualquier recién llegado, no comprenderá nunca cómo era sentir el hedor de las aguas residuales flotando calle abajo, expulsadas por desagües que vertían la mierda, sin remordimientos, sobre aquellas grotescas casas y esas vidas apiladas sin esperanza. O cómo era vivir en una casa hecha de tablas, hojalata y, con mucha suerte, con alguna pared de ladrillo que apenas se sostenía. O cómo se acumulaban los muertos, cada vez más jóvenes, que semana tras semana aparecían en cualquier esquina, como si aquel fuera el único futuro seguro para muchos de aquellos chicos, en un territorio pudrido por el narcotráfico. Un rincón del mundo inmundo, feo y horrible. De esas palabras se tiñe el recuerdo de esta anciana colombiana.


Pero mientras el día apura sus últimas horas, las farolas recién estrenadas empiezan a iluminar las ahora pavimentadas calles y la treintena de recién construidos edificios de vivienda social que se elevan entre las aún humildes, pero reformadas, casitas de siempre, cuyas cloacas ahora surcan el subsuelo, lejos de la vista de los habitantes del barrio. Fuera, el calor primaveral de la noche antioqueña invita a muchos vecinos a salir a sus balcones a charlar, mientras un grupo de chavales aprovecha los rayos de sol moribundos para montar un improvisado partido de fútbol en plena calle, esquivando a los paseantes.


Porque Fabiola sabe que de su recuerdo a hoy solo han transcurrido seis años. Por eso ella habla de milagro de Dios. Por eso ella no deja de mirar el barrio desde el balcón de su nueva casa, ensimismada, casi incrédula. Por eso ella sabe que ni Juan Camilo, ni cualquier otro recién llegado, serán capaces de entenderlo, por mucho que ella insista y se esfuerce en explicarlo una y otra vez, y las veces que haga falta. Aunque en realidad, mientras apoya su barbilla en el borde de su terraza, parece que fuera ella la que intentara acabar de comprenderlo del todo.



01 agosto 2010

El significado de las palabras

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Y me dio por pensar, algo que no está mal hacer de vez en cuando. Siempre me pasa igual cuando hago ese trayecto interminable, desde el valle en el que se agazapa Medellín hasta el aeropuerto de Rionegro. Encontrar un hueco para meditar en esos tres cuartos de hora que dura el viaje en taxi es más que fácil. Esta vez, acompañado de Maria Paula. Otras veces solo. No importa, siempre hallo unos segundos, unos minutos, lo que sea, para remover el desordenado trastero de mi cabeza, mientras serpenteo por la carretera que escala los cerros de esa ciudad.


Explicaba que me dio por pensar. Me vino a la cabeza el tiempo que ya ha pasado, y más aún en el poco que me (nos) queda. De repente, me di cuenta que en un mes dejaría de sumar, para empezar a descontar. Que cuando volviera de vacaciones ya solo quedarían tres meses y medio, poco más. Y una sensación extraña me ascendió por la garganta, como cuando a uno se le repite entre sábanas una cena demasiado copiosa.


Pues eso, que sin pensarlo, pensé. Y recordé cuando Victor Sancho era un solo aquel chico de último año de carrera, un curso más que yo, con el que improvisaba programas de radio cuando los dos nos quedábamos solos en el estudio después de clase. Y cómo se me entrecortaba la respiración cuando él me explicaba que debía escoger en qué país del extranjero hacer el segundo año de aquella beca que entonces yo desconocía. Él hablaba con familiaridad de El Cairo o La Paz, como si solo se trataran de estaciones de Metro donde bajarse. A mí, en cambio, todo eso me quedaba demasiado lejos, como un espejismo algo borroso, irreal. En realidad, yo le envidiaba en secreto, en silencio, de una forma casi cainita.


Miro por la ventanilla del taxi, pero sin enfocar nada en concreto del paisaje verde (aquí, como ocurre en el Polo Norte con los blancos, he aprendido a diferenciar entre tipos de verdes). Sí logro constatar de reojo que Medellín se empequeñece desde lo alto de los cerros, mientras en esta particular tanda de flashbacks de carretera, un Joan demasiado preguntón, una desconfiada Nina callada en una esquina de la mesa de reuniones y una Carola entonces exóticamente pelirroja se sientan enfrente mío. Alba, Alejandra y Victor a mi derecha. Y ante los siete, dos años de beca por delante. Dos años… una eternidad, vamos. Como cuando los niños piensan en qué profesión tendrán cuando sean adultos, pero sin saber exactamente qué significa esa palabra tan barroca.


Y es ahí a donde quería llegar, al significado de las palabras. En aquel entonces, hablar de dos años era un sinónimo de infinito, de un largo camino por delante. De lo que iba a ser. Ahora, pensar en esos dos años es hacerlo, sobre todo, en base a lo que sido, en lo que ya ha pasado. Me acuerdo en cómo dudaba sobre si escoger Colombia, por lo que significaba entonces. Casi dos años después, ya nada es lo mismo ni volverá a serlo. Ni Colombia, ni las calles de Bogotá, ni las noches de Medellín, lugares que ahora me resultan tan extrañamente familiares. Todo tiene un nuevo significado. Incluso Barcelona, y mucho más Madrid. Tampoco los sueños son los que eran. Muchos de ellos, tiempo atrás inconcebibles, se han cumplido. Otros tantos se han generado a partir de esos. Algunos se han aplazado y puede que otros se hayan esfumado sin saberlo. Las cosas han cambiado. El pasado, el presente y, especialmente, el futuro.


Amigos. Distancia. Sueños. Amor. Abrazo. Cielo. Hogar. Recuerdo. Camino. Futuro. Simples palabras, aunque al final todo reside en el significado que les concedamos. O eso pensé, vaya.

19 julio 2010

Fito Páez: "Cantar es como robar un banco, sientes como si te descubrieran"

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Foto: Federico Ríos (Agencia EFE)



Àlex Cubero

Agencia EFE. Medellín, 3 de julio


Con el humo de un cigarro casi danzando entre sus siempre rebeldes rulos, el cantautor argentino Fito Páez admitió que su sensación al cantar es como "si te encontraran robando un banco, sientes como si te descubrieran", una emoción que "nos toca a todos, que nos calienta el corazón". Como si se tratara de aquel verso de su canción 'Flores en su entierro', en la que relataba que le excitaba más robar un banco que el mayo de París, Páez confesó que esa emoción al cantar es un "pequeño tesoro de la humanidad, una de las cosas de las cuales podemos sentirnos muy orgullosos".


En una rueda de prensa en el III Congreso Iberoamericano de Cultura de Medellín, donde actuó junto a los españoles Antonio Carmona y Rosario y los mexicanos Zoé, entre otros, el artista rosarino reflexionó acerca del futuro de la música, para bien o para mal, con la irrupción de las nuevas tecnologías. "Hay algo en la canción que nos toca a todos, que nos calienta el corazón. Cuando uno canta una canción da la sensación como si te encontraran como robando un banco, sientes como si te descubrieran, y creo que ese sentimiento va a perdurar".

A su juicio, "hemos generado esa pequeña maquinita emocional de cinco minutos, que conmueve, y los temas que nos mueven son siempre los mismos. Eso va a seguir funcionando de una manera y otra, incluso ahora más por Internet, que ha democratizado mucho la expresión, la tecnología lo ha permitido". Lejos del pesimismo que otros artistas invitados al Congreso han evidenciado sobre el futuro de un sector asfixiado por la tiranía de la mercadotecnia y las tecnologías, Páez opinó que "posiblemente haya una explosión de ideas en la Red que aún no conocemos, estamos en el centro de un huracán tecnológico y emocional".

Acompañado en todo momento de un cigarrillo y en una actitud relajada y distendida, el cantante simplemente resumió que "en este sentido no hay nada nuevo bajo el sol, eso está bien, y creo que va a seguir funcionando". Y es que después de que hace justo tres décadas iniciara su andadura musical en la banda del también rosarino Juan Carlos Baglietto, allá en los ochenta, Fito aseguró no tener "ninguna carrera musical, porque no estoy corriendo contra nadie".

"Me siento un hombre muy afortunado, que he estado en la hora indicada en el momento indicado", reconoció el compositor, que opinó "el error" es llamar artistas a los cantantes generados por laboratorio gracias al marketing y a los estudios de grabación. En todo caso, apuntó que es también esa democratización de la expresión gracias a la tecnología la que genera asimismo un "conflicto", pues el público adquiere mayor protagonismo y desaparece la idea del cantante como "chamán", esa "religiosidad que acompaña al concierto como fenómeno emotivo", pero que al mismo tiempo se ha alcanzado "mayor diversidad, y eso es fabuloso".

Así, el intérprete argentino apostó por impulsar la diversidad musical como, a su juicio, hacen países como Brasil, y destacó la relevancia del continente americano en este sentido. "De sur a norte, América ha sido en el siglo XX una máquina de invención extraordinaria dentro de la música popular. Me siento un observador privilegiado de la música popular contemporánea americana", dijo acerca de la influencia de éstas en sus creaciones.

Éxitos musicales que, no obstante, Páez relacionó con su Rosario natal, una ciudad que a finales del siglo pasado era "una ciudad portuaria cerrada, no teníamos paisaje, era todo imaginería. Creo que eso ha hecho que hayan salido tantos artistas ahí. Era la ausencia de paisaje, una ciudad muy cerrada y muy gris, pero que a la vez hacía que estuviéramos muy encendidos".

Y antes de que se apagara, en este caso su cigarro, Fito instó a defender las especificidades ante la idea "delirante" de la globalización: "Es importante que no se pierda el toque, lo que te hace Medellín y no te hace la ciudad de al lado, lo que te hace Rosario y no te hace Santa Fe".

16 julio 2010

Jorge Drexler: "No pienso en mensajes cuando escribo canciones. Odio ese concepto"

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Àlex Cubero

Medellín, 1 de julio


Al igual que el inicio de uno de sus temas, en el que decía que para contar simplemente cantaba, el uruguayo Jorge Drexler aseguró que nunca piensa en "mensajes" al escribir sus canciones, un concepto que reconoce odiar, pues su música "no está para vender, ni para inculcar, ni enseñar nada, ni dar un consejos", sino que es sólo "lo que escribe una persona que siente cosas".


En una entrevista con Efe durante el III Congreso Iberoamericano de Cultura en Medellín, Drexler explicó que sus canciones "son un fin en sí mismo", sin tener la intención de servir como "lanzadera" para enviar un mensaje al público. "Odio el concepto de mensaje. De verdad lo odio, porque me parece como si alguien estuviera tratando de decir algo, pero metiéndote algo por debajo. No, yo hablo de lo que siento, yo no hago canciones con una especie de subfondo que hay que descifrar para saber cuál es el código político al que me estoy refiriendo".


Considerado sin embargo a menudo por el público como un poeta de la música cuyas letras siempre transmiten una idea, el artista uruguayo rehusó pensar que sus temas tengan una intencionalidad. "Yo no escribo canciones pensando en transmitir una ideología. Mi canción no es un excipiente, es un compuesto activo, no están ahí para llevar una cosa, son la cosa que llevan. No están ahí ni para vender, ni para inculcarte nada, ni enseñarte nada, ni darte un consejo. Son lo que escribe una persona que siente cosas y las pone ahí, y espera que otras personas se identifiquen con ella, y a veces tienes suerte y eso pasa".


Un momento en el que el artista "caza una emoción que anda volando, la pasa del papel a la guitarra, la edita en un formato inerte como un disco, lo suelta al viento y espera que otra persona lo agarre y devuelva la vida a esa emoción. Ese es el centro de mi trabajo y no ha cambiado desde la primera canción a la última". Y precisamente es en ese instante, en el que el público conecta con esa sensación, cuando "el círculo se cierra y se completa mi trabajo". "Es un momento maravilloso. Todo lo que hago tiene el destino final de producir emoción. Una canción es una espora, una emoción en estado latente que es despertada por quien lo escucha. (...) Es lo que me pasa con las canciones de otros. Esa emoción que genera la canción y que vuelve a ser despertada por el que escucha es la única finalidad a la que aspiro, no me interesa aleccionar", señaló.


Un amor desenfrenado por la música que para Drexler, confesó, es "independencia en el sentido de que da alas, te enseña cosas sobre ti, te ayuda a vivir", pero también puede ser "adicción", como lo es para él escribir, una cosa que no puede evitar: "yo tomo la música con las dos caras de la moneda, con lo que cura y con lo que enferma, con lo que da de independencia y con lo que te da de músico dependiente".


En el mismo día en que dos maestros de las notas, el bandoneonista argentino Rodolfo Mederos y el cantautor cubano Silvio Rodríguez, lamentaron en una conferencia en el Congreso que la mercadotecnia y las modas están sepultando la música, Drexler rechazó pensar que este arte se encuentre en estado crítico. A su entender, "la canción está en un momento buenísimo, soy muy optimista" y "no me da la impresión de que esté muriéndose", opinó, y agregó que nunca se guió por criterios de mercados. "No los conozco, ya que no soy un experto en mercadotecnia, soy un músico".


"No pienso en el mercado cuando escribo canciones, ni tampoco en mensajes. Yo escribo lo que siento. A veces es muy fácil tirar la primera piedra, ¿pero quién no se ha visto beneficiado por alguna circunstancia política, económica o de mercado en un momento? todo el mundo, toda la música", sentenció. Y es que del mismo modo que en aquella canción cantaba para contar, Drexler finalizaba admitiendo que 'el corazón no miente, y afortunadamente, me haces bien', tanto como su absoluta sinceridad, el único y verdadero mensaje de sus canciones.



15 julio 2010

Rosario Flores: "Nunca sabes de dónde te va a venir una canción, eso lo manejan los duendes"

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Foto: Federico Ríos (Agencia EFE)


Àlex Cubero

Medellín, 4 de julio


Respira nerviosa sentada en su camerino minutos antes de cantar ante miles de personas, y solo parece relajarse cuando entona, al azar, un verso de una de sus canciones. "Nunca sabes de dónde te va a venir una canción, ese sentimiento lo manejan los duendes y la magia", confiesa en una entrevista con Efe la cantante española Rosario Flores. Sus rizos contrastan con el lacio pelo de su amigo y compañero de profesión Antonio Carmona, con el que cantó esta noche en Medellín, junto al argentino Fito Páez y los mexicanos Zoé, entre otros, en el concierto que cerró el III Congreso Iberoamericano de Cultura. "Cantar es el privilegio más grande del mundo, eso sale por arte de magia, no lo puedes pensar", explica poco antes de enfrentarse a los corazones de miles de colombianos, que no desistieron a pesar de incesante e intensa lluvia que durante horas cayó sobre la ciudad colombiana.


"Cuando sales ahí no puedes pensar en lo que tienes que cantar o en la letra, porque sino no das una. Lo mejor es no pensar en ello, la música es cosa de duendes, de magia, nunca sabes cuando te va a venir una canción o de dónde te viene". Unas rítmicas palmadas interrumpen el silencio de la estancia. "Ese sentimiento que tú guardas dentro luego se hace una canción, fruto de ese sentimiento que tú vives. Eso lo manejan los duendes y la magia, y creo que la música es la mejor medicina que tenemos los seres humanos, es medicina pura para el alma. Es universal, es infinita, y siempre va a estar en este mundo".


Y es que ella no conoce otra forma de entenderla vida, pues el destino quiso que Rosario fuera la hija menor de Lola Flores y Antonio González "El Pescadilla", dos mitos eternos del flamenco. "Yo lo mejor que tengo es la sangre que corre por mi cuerpo y la bomba que tuve como padres, dónde me crié. Lo único que me enseñaron es a sentir, a cantar y a bailar, y eso es mi vida".


Veintiséis años han pasado desde 'Vuela una noche', el álbum con el que debutó, tiempo en el que Rosario ha sobrevolado con éxito por escenarios de todo el mundo. "Si no pudiera cantar en directo, mi vida cambiaría muchísimo", expresa la intérprete española. "Hago discos para cantar en directo, es lo que me gusta, ver a la gente y sentirla". Una sensación, afirma, en la que "sientes la magia de la comunicación, de traspasar y tocar corazones, de hacer sentir a las personas con la música. Esa es mi meta. Alegrar un poco los corazones y ayudar a que las almas y los sentimientos afloren y no estemos tan apretados. La música es la mejor medicina para eso".


Tanta ha sido esa conexión que en ocasiones reconoce haber sido testigo de cómo una mística energía ascendía desde el público en un concierto: "He visto la energía hacer un 'boom', te juro que lo he visto, cómo subía la energía", insiste abriendo los ojos al máximo, como si fuera una niña que trata de convencer al resto de una historia imposible que ella cree con todas sus fuerzas.


Cuando uno pasa un rato con Rosario, puede darse cuenta que es una de esas personas que aún toca a la gente, que busca sentirla mediante ese lenguaje no verbal, pero sobre todo, con el de la música, que "es universal y une al mundo entero". "Cada tierra tiene su independencia, sus raíces, sus costumbres y ninguno somos iguales. Eso es lo bonito de este mundo, que cada uno tenemos nuestras experiencias y nuestra cultura, y lo bonito es mezclar esas culturas y unirnos, pero cada uno con nuestras raíces". Gitana en su alma y mestiza en sus canciones, Rosario ha sido capaz de mezclar flamenco, pop, bolero, bossa, rumba y ritmos caribeños sin perder su esencia, con la única meta de que "nada ni nadie me quite el goce de cantar y sentirlo de verdad, y disfrutarlo".


Los segundos se agotan para subir a un escenario donde, como siempre, el público, la magia y los duendes aguardan a la cantante. "Soy mucho más de corazón y de energía que de cabeza. Soy pura energía, es lo único que me mueve".



31 mayo 2010

De Olas, Tsunamis y otros milagros

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Sede electoral del Partido Verde durante la tarde de los comicios del domingo 30 de mayo


Tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, la conclusión evidente es que a la Ola Verde se la zampó un Tsunami llamado Juan Manuel Santos. Chorreando desconcierto tras el Derechazo que suponen 25 puntos de diferencia, los seguidores de Mockus no paran de darle vueltas al asunto, preguntándose cómo ha podido ocurrir este Armagedón, si hace pocos días todo parecía soplar a favor y la orilla se veía tan clara.


No han tardado en salir los ecos que braman acerca de un fraude electoral en muchas regiones o sobre los mecanismos que se han activado desde el oficialismo para que su Delfín nade tranquilo hasta las paradisíacas aguas de la Casa de Nariño. Pero por mucho que esos factores existan en mayor o menor medida y hayan tenido su peso en el resultado, no lo dudo, bajo mi punto de vista han influenciado mucho más los errores propios que el candidato verde ha cometido a lo largo de la campaña, y que ya se intuía, desde hacía tiempo atrás, que le acabarían pasando factura, aunque ésta haya llegado en preocupantes números rojos y en cifras de seis ceros, y con un aviso de suspensión de luz y agua.


Seamos sinceros tanto para lo bueno como para lo malo. Mockus es un soplo de aire fresco en la política tan mediática a la que para nada estamos acostumbrados a uno y otro lado del charco. Alejado de la politiquería, la guerra sucia, la corrupción y los mensajes idiotas para votantes idiotizados, él quiere enseñar a la gente a reflexionar, a pensar por sí misma, a que el país y las personas que lo forman sean mejores y, lo más importante, quieran ser mejores. Un superdotado para el pensamiento, pero un minusválido para transmitirlo. Quizá sus ideas sí lleguen a los votantes más formados, a la juventud universitaria y a la población urbana de estratos medios y altos. Pero no para el resto, que desafortunadamente, son la mayoría de este país.


Volvamos a la idea principal: sus propios errores, la paja en el ojo propio. El primer desacierto ha sido no concretar sus propuestas. Ha abusado demasiado de los cánticos en coro y lemas repetidos hasta la saciedad, como "la vida es sagrada" o "con educación todo se puede". Todo muy bonito, bañado en una marea de girasoles y lápices al viento. Pero al final, lo que la gente necesita son propuestas. Santos prometió crear equis empleos, hacer esto y aquello, mientras Mockus parecía a veces más bien un manual de autoayuda que un futuro jefe de Estado. Quizá su problema recae en que es incapaz -y lo digo con toda convicción- de mentir al electorado y hacer promesas baldías. No se trata de eso, Antanas. No se trata de mentir y prometer una plaza de aparcamiento gratis en el Paraíso a los colombianos. Se trata de, al menos, jugársela y concretar cosas tangibles. No solo recordar lo sagrada e importante que es la vida en un país donde a menudo nadie lo recuerda, sino también recalcar que se quiere acabar con las FARC y cómo pretende hacerlo. Concretar y proponer, en resumen.


Tampoco ha querido entrar en la guerra sucia y los ataques indiscriminados. Pero, como decía hoy el genial caricaturista Vladdo en su cuenta de Twitter, por querer alejarse de la politiquería, Mockus ha dejado de ser político, que es de lo que al final se trata todo esto. En ese mundillo, y no hay más secreto, tan importante es ganar como que el rival pierda o, al menos, gane menos que tú. Mockus se ha negado a entrar en ataques al resto de candidatos -cosa que le honra-, pero ha confundido la idea. No hablo de atacar de forma bruta al adversario, pero Santos era el filón de las sombras del Gobierno uribista, que Mockus ha dejado escapar. No hablo de ensuciar, sino de resaltar a los votantes aquello de lo que cojea su rival, salpicado por multitud de controversias. Empezando por los desplazados por la guerra y los "falsos positivos" (para quien no esté familiarizado con este término, ejecuciones extrajudiciales -término políticamente correcto para hablar de puros y duros asesinatos- de jóvenes civiles, la mayoría de zonas humildes, a manos de militares que los presentaban como guerrilleros muertos en combate para lograr beneficios de sus superiores. La cifra supera los 2.000 muertos en todo el país, según la Fiscalía, y se dieron durante el mandato de Santos como ministro de Defensa, aunque él no fuera el responsable directo) y acabando por el bombardeo a un campamento de las FARC en selva ecuatoriana, motivo de las aún relaciones rotas con el país vecino, o las escuchas del servicio de inteligencia a opositores, magistrados, activistas o periodistas, las llamadas "chuzadas". Son los hechos más significativos de una lista negra que Mockus desaprovechó, cosa que sí hizo, entre otros, el candidato del Polo Democrático Alternativo, Gustavo Petro, con elegancia y sin necesidad de entrar en los bajos fondos de la política embarrada. O sea, recopilando, Mockus dejó escapar vivito y coleando a su rival, con tanta bondad que ni siquiera se defendió en muchas ocasiones de los ataques que este le profirió.


Tampoco le ha beneficiado a Mockus (filósofo, matemático y, por si no fuera bastante, niño prodigio) el formato de los debates, que en Colombia alcanzan su máxima expresión y se han dado hasta en una docena de ocasiones en distintos canales. Mientras el modelo "respuesta en un minuto" ha permitido que candidatos como Santos, Petro o Vargas Lleras (de Cambio Radical, que junto a Petro ha sido el gran ganador de los debates) hayan podido desplegar toda su capacidad oratorio-retórica, lograda en años de pelea en la arena del Gobierno, el Congreso y el Senado, Mockus ha aparecido como un aspirante al que le costaba exponer sus ideas y se perdía en un mar sin rumbo. Nadie sabía dónde quería llegar cuando empezaba una respuesta que, obviamente, nunca finalizaba como él quería, pues la cuenta atrás siempre expiraba antes que sus palabras. No es que no sepa expresarse, sino que sus respuestas tienen demasiada profundidad para ese formato y, peor aún, piensa antes de responder (¡Ah! ¡bendito defecto!). Yo no se lo echo en cara, pero entiendo que los electores necesiten ideas más fáciles de entender. Quizá Mockus quiera enseñarles a ir más allá, pero para eso primero debe ganar y ser el que tome las decisiones que cambien la cultura de este país.


Por último, si bien es cierto que el Dream Team de algunos de los mejores alcaldes en la historia del país que forman parte del equipo dirigente del Partido Verde (la tripleta atacante Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo "Lucho" Garzón en Bogotá, y el organizador de juego Sergio Fajardo, otro matemático que como alcalde transformó Medellín, y ahora aspirante a la vicepresidencia) ha conseguido movilizar a una masa de votantes, la mayoría jóvenes, normalmente apáticos con la política y que se han implicado con una pasión que yo pocas veces he podido observar, lo cierto es que esta movilización ha sido menor de la esperada. Casi la mitad del electorado se ha abstenido, una tendencia habitual, pero que en estas elecciones parecía que se iba a revertir y alcanzar un 70% de participación, según las previsiones de las encuestas que, dicho sea de paso, son las grandes perdedoras de los comicios. Como pasa en España y en muchos países del mundo, la derecha es mucho más fiel y se moviliza con un solo chasquido de dedos, mientras que electorado "de izquierdas" o progresista es mucho más holgazán. Mockus ha sacado a votar a muchos, sí (hace meses no superaba el 3% en las encuestas), pero no a tantos como se auguraba.


En definitiva, y haciendo un símil balompédico, Mockus ha sido como el Guardiola cuyo Barça del jogo bonito, del juego de equipo, del tiqui taca hasta las últimas consecuencias, siempre es fiel a su estilo aunque el resultado final pueda ser la caída, con honor, pero caída al fin y al cabo. Santos, por contra, es como el Mourinho de la política, el líder único y total, capaz de generar afinidades y odios a partes iguales, un brillante comandante para el que lo realmente importante es el fin, siempre el fin y solo el fin. Recordemos que el Inter de Mou ganó la última Champions League, eliminando al Barça en semifinales, aunque fuera a costa del espectáculo y el buen juego, y con medios algo maquiavélicos. De repente me he dado cuenta que no me gustan las metáforas, así que mejor dejemos este símil aparcado.


¿Qué necesita Mockus para ganar en segunda vuelta y remontar una eliminatoria que ahora mismo está cuatro goles por encima en el marcador? En mi opinión, el matemático Mockus debe ser capaz de resolver la ecuación más difícil de su vida y de hacer converger tres ejes hoy por hoy en las antípodas unos de los otros: por un lado, tener la suerte que muchos de los votantes santistas, seguros de la victoria más que probable, se queden en sus casas un domingo durmiendo o sacando rendimiento a su sofá, lo que reste algo de porcentaje al Partido de la U y le sume un poco de ¡Oh! a los Verdes. Por otro lado, importante pero no suficiente, concentrar en esa segunda vuelta del 20 de junio el máximo de votantes de otros partidos que ya no concurren, muchos de los cuales ya planeaban votarle en el segundo round electoral, confiados de que la diferencia sería mínima, casi un empate técnico. Y por último, y esto sí resulta clave, movilizar esa masa abstencionista que alcanza el 51%, y que es un vivero de votantes potenciales. Quizá el voto del miedo a Santos espolee a muchos de los que no acudieron a las urnas, al ver las orejas al Lobo. Pero si Mockus pretende realmente dar un vuelco a lo que hemos visto en esta primera vuelta, debe ponerse las pilas y mejorar todos los aspectos de los que hemos hablado a lo largo de este extenso post, al que por cierto las firmas encuestadoras colombianas aseguran que será el más leído de la semana en todo Internet. Casi un milagro (tanto lo uno como lo otro), pero es que la política, al final, poco tiene de matemática y ciencia exacta, y mucho de pasión injustificada y esperanza desmesurada. Y eso, la esperanza, es lo último que se pierde y, si puede ser, por menos de 25 puntos de diferencia.





Arriba, Juan Manuel Santos durante una entrevista con EFE. Abajo, Antanas Mockus,
en el acto posterior a la marcha indígena en favor de su candidatura en Ibagué (Tolima)

10 abril 2010

La Ola Verde


Antanas Mockus, el fulgurante ascenso de la vía alternativa en Colombia



Àlex Cubero

EFE Bogotá


Justo cuando los sondeos de cara a las elecciones presidenciales colombianas del 30 de mayo le sitúan en segundo lugar tras un fulgurante ascenso, el peculiar y excéntrico candidato del Partido Verde, Antanas Mockus, anunció que padece del mal de Parkinson, aunque en todo caso no afectaría a su capacidad de gobernar.


A punto de cumplir 58 años, el ex alcalde de Bogotá en dos periodos (1995-1997 y 2001-2003) se ha erigido en la vía alternativa a los hasta hace poco candidatos favoritos, el oficialista Juan Manuel Santos (Partido de la U) y Noemí Sanín (Partido Conservador), a la que ha desplazado del segundo lugar en intención de voto.


Filósofo y matemático de ascendencia lituana, este peculiar político, considerado un niño prodigio, es por su controvertida personalidad y su difícil carácter el candidato que a priori menos debería conectar con la ciudadanía colombiana.


Sin embargo, su eficiente y transparente gestión como alcalde de Bogotá y el haberse alzado como la "tercera vía" a la estela de la política de "seguridad democrática" del presidente Álvaro Uribe, le ha impulsado sorprendentemente no solo en los sondeos, sino también en redes sociales de Internet, como Facebook o Twitter.


Un salto en el que influyó la propuesta que hizo al ex gobernante de Medellín y candidato por el independiente Movimiento Ciudadano, Sergio Fajardo, para que sea su compañero de fórmula y candidato a vicepresidente por los Verdes.


Ambos políticos registraron elevados índices de popularidad en sus periodos como alcaldes de las dos principales urbes colombianas y recibieron numerosos reconocimientos internacionales.


Mockus empezó a ser conocido en el país cuando, siendo rector de la Universidad Nacional, se bajó los pantalones y mostró el trasero ante todo un auditorio, cuando unos estudiantes no le permitían seguir con su conferencia. Pese a que sus excentricidades abarcan también su boda en un circo montado en un elefante o agarrarse los genitales frente a una multitud, muchas de ellas responden al carácter didáctico que siempre impregnó su Alcaldía, con políticas muy creativas de fomento de la cultura ciudadana, basadas en la protección a la vida.


Así, se vistió de superhéroe para alentar a los bogotanos a ser "superciudadanos", acudía a su despacho en bicicleta y apareció en televisión enjabonándose en la ducha con el grifo cerrado, para fomentar el ahorro de agua. También llevó al palacio presidencial una espada de plástico para reclamar un mayor presupuesto y repartió millones de tarjetas amarillas o rojas para que los bogotanos calificaran, sin violencia, las actitudes de sus conciudadanos.


Ahora, como candidato presidencial en unas elecciones marcadas antes de su inicio por las luces y sombras de la "seguridad democrática" uribista, Mockus enarbola la bandera de la "legalidad democrática", basada en el "respeto de la ley", así como en la transparencia de sus anteriores gestiones.


Es este discurso sin tapujos y su política clara los que se han plasmado ahora en el reconocimiento público, ante varios medios de comunicación colombianos, de que padece un principio de mal de Parkinson, justo cuando los sondeos le eran más favorables y los médicos le recomendaron que no lo anunciara a sus electores.


Discreto en las primeras encuestas, Mockus pasó a ser a finales de marzo el tercer candidato en intención de voto, aunque lejos de poder acceder a la segunda vuelta en las elecciones, una posibilidad que se concretó esta semana, cuando dos sondeos revelaron que este filósofo ha desplazado a la ex canciller Sanín y ya acecha, a menos de cinco puntos, al ex ministro de Defensa Santos, el delfín de Uribe.


Se trata de la "Ola Verde", según definió él, sobre la cual surfea Mockus, en la que ni siquiera el golpe de viento en contra que puede suponer el anuncio de enfermedad que padece amenaza con tumbarlo en su decidido camino hacia la Casa de Nariño para dar un vuelco a la política colombiana.


31 enero 2010

Primavera

Se mira al espejo y se examina desde todos los ángulos posibles, y vaya si se gusta. Atrás quedan los complejos de una adolescencia complicada, marcada por el incipiente acné del cártel de la droga más temido de toda América Latina; salpicada por una rebeldía incontrolable que la situaba al frente de las ciudades más peligrosas del mundo; y desvirtuada por los horribles cambios en el tono de voz, causados por las luchas entre narcotraficantes, paramilitares, guerrilleros y sicarios. La menos indicada, en efecto, para ser invitada al baile de fin de curso.


Siete años después, los defectos y miedos han dado paso a las virtudes y la confianza en sí misma. Ahora se quiere. Sabe quién fue, no lo olvida, ni lo hará nunca. Pero tiene mucho más claro hacia dónde se dirige. Y avanza con paso firme. Lo hace apostando por la modernidad, por el diseño, por la estética. Y madura ordenadamente, sin olvidar su identidad. Mezclando el brillante cristal del futuro con el frondoso verde de sus raíces. Con modernos edificios que luchan por ser los primeros en acariciar las nubes, sin despegarse de los árboles tropicales que crecen a sus pies. Y entonces se mira de nuevo. Y se gusta cada vez más. Porque Medellín es por fin lo que no debió dejar de ser. Más que nunca, la Ciudad de la eterna primavera.



15 enero 2010

Rock Band

Ver a un candidato a la presidencia de Colombia sentado en uno de los asientos traseros de su Land Rover y sosteniendo durante todo el viaje una camarita de EFE, trípode incluido, resulta, por lo mínimo, una imagen cómica para un becario condenado a cargar eternamente con ese chisme más propio de una boda familiar de bajo presupuesto. Ahí está Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín, agarrando la cámara de vídeo como si se tratara de un periodista principiante que se dirige a su primera cobertura y la vida le fuera en ello. Esbozo una sonrisa y miro al frente, donde el asiento del copiloto está ocupado por un oficial de policía perfectamente ataviado con su traje de gala, de mirada tan recta como la raya de su pantalón. Extraño cuadro, pienso. Estoy sentado junto a un clon de Julio Iglesias en versión político, en un 4x4 conducido por un guardaespaldas con aspecto de vendedor de Tecnocasa y un policía con traje de comunión. Parece un chiste de Eugeni.


En una entrevista minutos antes, Fajardo, profesor universitario de Lógica Matemática, detallaba su fórmula para combatir el peor de los males de este país que me acoge, en una operación a priori simple, basada en la "transformación social a través de la educación", restando violencia y sumando oportunidades. Dicho así suena fácil, aunque nunca se me dieron bien los números. Mi mente llega a la conclusión que la ecuación parece linda, aunque llegar a despejar las incógnitas puede resultar mucho más complicado de lo que parece. Sin embargo, de Fajardo me conquista su claridad en la expresión, y su discurso pausado y sensato, en un continente donde nada parece razonado y razonable.


Y mi primer día laboral finaliza tras pasarme toda la tarde editando imágenes de un futurible presidente que reparte panfletos en plena Avenida Chile, estrecha centenares de manos sudadas pero ilusionadas, o persigue cómicamente a ancianas -en una escena más propia de Benny Hill- que le confunden con un engorroso encuestador callejero. Cuando abandono la redacción con una enorme mochila de satisfacción a mis espaldas por un día provechoso, no puedo evitar pensar en una situación que viví hace aproximadamente una semana. Tras detectar un error en una tarjeta de telefonía que adquirimos en la Panamericana, una especie de FNAC a la latinoamericana, volvimos al establecimiento a última hora de la tarde para que nos solucionaran el problema. Fue entonces cuando descubrimos que los empleados del local, ante la ausencia de clientes, aprovechaban las últimos suspiros de su jornada laboral para jugar a videojuegos de la tienda, frente a pantallas panorámicas de precios desorbitados. Y ahí estaba el encargado del establecimiento, un tipo aparentemente agrio, pero que lejos de regañar a sus subordinados, esperaba su turno para convertirse en un guitarrista de metal duro en el videojuego Rock Band. Y mientras recupero ese recuerdo, pienso que realmente soy un tipo con suerte, que no tiene que esperar al final de su jornada de trabajo para encontrar un pequeño rincón de diversión. Un afortunado, por haber escogido una profesión en que las partidas son ilimitadas, cada día acumulas bonus y miles de puntos, y cuyo Game Over no son más que las horas en las que uno abandona la redacción para volver a casa, hasta volver al día siguiente y recuperar la partida guardada. Realmente, cada día me gusta más este juego.

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