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08 diciembre 2010

Clic

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Nunca me acostumbraré a hacer las maletas. Esa sensación extraña que supone desmontar el escenario que uno construye a su alrededor, ese mundo que uno va creando con el paso de los meses para sentirse un poco más en su sitio. Toca doblar la ropa, desnudar las estanterías de libros, arrancar las fotos de las paredes del cuarto, tirar a la basura cosas que he guardado con tozudez a lo largo del año -a sabiendas que no se regresarían conmigo a final de esta aventura-, pero también encontrar aquellas que creía imprescindibles traer al inicio de este viaje -pero que curiosamente no han salido de la maleta, porque nunca las llegué a necesitar-.


Y peor todavía es cerrarlas. Después de un buen rato haciendo uso de mi fuerza bruta para unir las dos partes del equipaje, todo se soluciona con un simple clic. En efecto, así de cruel, así de descorazonador. Todo un año completo se resume en un jodido ruidito de cerradura. Clic. Y ya está, apaga y vámonos, que eso es todo amigos y sanseacabó.


Pero no. En realidad, ese clic tiene más sentido de lo que parece. Porque ese clic, ese sencillo clic, ese clic sin más pretensiones, ese clic que no se esconde bajo disfraces de ruidosos clocs, de pomposos clacs o de elegantes clucs, amaga en el fondo la sencillez de cuando todo encaja sin más, de cuando todo adquiere un sentido, de cuando las dos mitades del equipaje se unen. El desenlace éste y el comienzo aquel. La marcha y la llegada. El hoy y el muy anteayer, todo entrelazado en un solo clic.


Clic. Aquel avión despegando de Barcelona, con el horizonte matutino anaranjado por el sol y aguado por las lágrimas de la despedida. Clic. El recibimiento en Bogotá de Andrés con su cartelito de Efe en un aeropuerto caótico, que ahora no me lo parece tanto. Clic. Cuando en la primera noche explorando el barrio, a dos manzanas del hotel nos encontramos de repente con unos ventanales con el símbolo de la agencia, que tantos miedos, desafíos y sueños evocaba. Clic. Esos mismos miedos, desafíos y sueños que me ha tocado enfrentar cada día, con más o menos éxito dependiendo del caso. Clic. Bogotá la caótica, que ahora me parece la más plácida del mundo. Clic. Las noches con sabor a ron y aguardiente, a salsa y vallenato, a abrazos y sonrisas. Clic. Cata y Andrés. Clic. Los días de soledad, de demasiada soledad, en los que todo parecía más pesado, más lento y menos apasionante. Clic. Los viajes al Paraíso, esos en los que El Dorado deja de ser leyenda, en los que comes pescado en la orilla de la playa y saludas a la gente desconocida que se cruza contigo. Clic. Los partidos de fútbol de cada miércoles, la lluvia interminable durante meses y meses, mi primera casa independizado y el empezar a beber cerveza de forma habitual. Clic. Medellín, la que me enamoró. Clic. Echar de menos a mi familia, mis hermanos, mis amigos, mi perro, mi Barcelona y todas esas cosas a las que uno agrega el tan significativo posesivo "mi". Clic. Sentirme más catalán que nunca, más español que antes y más colombiano de lo que pensaba. Clic. Sentirme y aprender a ser periodista. Clic. Despedirme de lo que ha sido, sin duda, mucho más que mi nueva casa, mi nueva ciudad y mi nuevo país, y todas esas cosas de las que te sorprendes poniendo un posesivo delante, pues de repente ya las sientes tuyas para siempre. Y clic.


Ahora lo entiendo. Ese último ruido, el que cierra el círculo, es un sonido tranquilo, armónico. Siento tristeza por irme, pero al mismo tiempo estoy extrañamente tranquilo. Sé que he aprovechado la experiencia al máximo y que no puedo arrepentirme de nada, pese a que sé que todo está aún por hacer a esta orilla del mundo. Me voy, pero nunca acabaré de marcharme del todo. Porque, como diría Machado si hubiera sido becario de La Caixa, "Becarito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las mil Colombias ha de robarte el corazón". Cuál de ellas, es cosa tuya, becarioquemesustituye. Pero eso ya lo descubrirás por ti mismo, aunque puede que no lo hagas hasta el último minuto, cuando escuches, sin esperarlo, ese último, cruel, efímero y hermoso clic.



08 noviembre 2010

Un año

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23 de diciembre. Vuelo de Avianca. 13.50 horas. Aeropuerto Barcelona El Prat.


Punto final. O lo que sea que venga.






Post Scriptum: Este es el texto que había escrito en un inicio. Conciso y directo, sin rodeos, algo que raramente consigo en el blog. Estaba satisfecho, no quería más. Sin embargo, ha sido al buscar una fotografía que acompañara esas palabras, cuando me he encontrado de repente con el álbum de los primeros pasos en esta ciudad. No sé exactamente qué, pero algo ha crujido dentro de mí. Quizá fueron los recuerdos de aquellos primeros días en que cualquier cosa era sorprendente y hasta lo más horrible me parecía bello. Puede que fuera aquella sensación de pensar que todo estaba por delante, que un año era un infinito y un poco más allá. O tal vez fueran los sueños y los miedos de entonces. Esos -sueños y miedos- que se han ido cumpliendo, sin excepción, a lo largo de este año.


Un año. Se dice rápido. Tanto, que no me he dado ni cuenta.



*La fotografía es del primer día en Bogotá, buscando el Parque Simón Bolívar.

13 agosto 2010

El sonido de los helicópteros

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Me despierta lo que creí que había sido un fuerte trueno, uno más de esos que se escuchan en estos meses de lluvias interminables en Bogotá. Recuerdo que pensé que había sido más sonoro de lo habitual, pero seguí durmiendo sin preocuparme. Al rato, suena el teléfono.


"- Àlex, ve corriendo a casa de Leo, ahí está Mauricio. Ha tomado unas primeras imágenes con su cámara, todo el mundo las está pidiendo en Madrid. Sal corriendo y ve hacia ahí ahora mismo!.

-Ok, ok.. en seguida voy hacia ahí… pero.. qué ha pasado?

-¿Cómo?¿No lo sabes??!!.

-Pues no… estaba durmiendo...

-Àlex, han puesto una bomba en nuestro edificio."


Al despejarme tras la súbita noticia, supe al momento que no era una broma, porque escuché helicópteros sobrevolando el barrio. Los helicópteros son siempre un mal presagio. En condiciones normales, su sonido no irrumpe en la ciudad. Solo el caos los atrae. Su vuelo sobre nuestras cabezas supone que algo se ha roto en nuestra normalidad. Igual que el sonido al pisar cristales en el suelo o las sirenas de policía. No es su sitio natural, ni la ciudad para los helicópteros ni nuestras suelas de zapato para los cristales.


Bajo mi calle corriendo y llego a la Séptima, una de las arterias principales de la ciudad, a esas horas habitualmente repleta de busetas, cláxones y gente medio dormida dirigiéndose a sus puestos de trabajo. Ayer el panorama era totalmente diferente. Ni un solo vehículo, gente marchándose del lugar o acercándose a curiosear. Bomberos y policías. Vallas acordonando la zona. Y helicópteros, con ese sonido perturbador.





El acceso al edificio de Caracol Radio, donde Agencia Efe también tiene la sede de su delegación en Colombia y de la Mesa central de América Latina, es imposible. La casa de uno de los fotógrafos de la agencia se convierte en una improvisada redacción. Cuando más tarde por fin nos dejan acceder al edificio, lo primero que hago es agarrar la cámara de vídeo y buscar la manera de llegar al lugar de la explosión. La redacción de Efe está intacta, pero no así el vestíbulo de acceso a la torre donde se ubica, lleno de cristales esparcidos por todas partes, o la entrada a la torre de Caracol, cuyo techo parece aguantar milagrosamente.


Tras varios minutos, consigo llegar a la zona cero, aunque más bien es una zona de guerra en toda regla. Agentes de la Fiscalía escarban entre las cenizas y las piedras, buscando restos del coche. Las oficinas de Bancolombia y el BBVA han literalmente desaparecido. Las paradas de autobús frente a las que estalló el coche-bomba son simplemente esqueletos de metal. No puedo evitar pensar qué hubiera ocurrido si el atentado hubiese pasado una hora más tarde, cuando esa zona empieza a ser un bullicio, y esa idea me incomoda, pues la palabra masacre es lo único que consigo articular, algo que por suerte solo está en mis pensamientos sobre qué podría haber sido. Alzo la vista a los edificios de enfrente, todos viviendas. Sin quererlo, la estampa me trae aquellos recuerdos de niñez de la guerra de Yugoslavia a través de las pantallas de televisión, con los edificios descompuestos, sin cristales en las ventanas, y gente triste mirando a través de ellas. Ayer todos los edificios de Bogotá parecían más viejos, más grises. Cuando vuelvo a bajar la vista, veo entre los agentes de la policía judicial algo en lo que no me había fijado hasta entonces: el agujero de la explosión. Un boquete en el centro financiero de la capital, en uno de los edificios más emblemáticos, en la voz de varios medios de comunicación, en el corazón de todos los bogotanos. Hacía cuatro años que no asistían tan cerca a una escena así.


Por eso, horas más tarde, decenas de ciudadanos se van agolpando paulatinamente en la plaza frente al edificio, convocados por Twitter y otras redes sociales, hasta que el lugar se llena de velas y pancartas en contra del terrorismo. Solo las luces de los vehículos de bomberos y policía que aún permanecen en la zona consigue iluminar más que esos pequeños cirios. Pero uno a uno, consiguen llenar simbólicamente ese agujero en mitad de la ciudad. Acallar las hélices de los helicópteros y apagar el color rojo de las luces de las sirenas de policía. E incluso también silenciar aquel trueno que pareció de una tormenta que nadie esperaba. Aunque hoy me despierte nuevamente con el sonido de los helicópteros, que siguen patrullando una ciudad que tardará tiempo en recuperar su normalidad.













10 junio 2010

Limpiabotas

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Viste un mono azul, desgastado y tristemente desaliñado. Intento mirarle los ojos en varias ocasiones pero, desde mi posición elevada, su vieja y deformada gorra solo deja entrever algunos mechones de pelo grisáceo, a juego con una descuidada barba. Sus dedos, ennegrecidos por el betún, se mueven casi a velocidades supersónicas creando una difusa acuarela oscura de movimientos espasmódicos, solo rotos por una tos carraspeante que le obliga a encorvar más su figura. Una silueta triste, desvencijada en cada centímetro de su cuerpo, menos en una de sus partes: los zapatos.


Limpios. Bellos. Relucientes. No son unos zapatos caros, todo lo contrario. Más bien diría que merecen una jubilación anticipada por acumulación de pasos y penas en la vida. Pero sin embargo, me doy cuenta que no tienen ni una sola y diminuta mancha. Ni un gris o un marrón que rompa un negro perfecto, liso e incorruptible. Es curioso que ese hombre, que parece que hiciera ya mucho tiempo que su aspecto no le genera demasiados quebraderos de cabeza, quizá porque ya no cabían más preocupaciones en sus bolsillos, exhiba en cambio tal belleza en sus talones. No es para menos. De ello depende su sueldo y su sustento.


Ese limpiabotas, cuyo nombre no importa en esta historia, pues a su alrededor se acumulan casi una docena de iguales, que se multiplican en cada plaza de esta ciudad sin fin, no levanta la mirada en ningún momento de mi cuarenta y seis. No soy yo persona de sentarme a que me lustren las alpargatas, pues en el fondo me produce una sensación de incomodidad con reminiscencias al Amo y su vasallo. Pero aquí, en Bogotá, no es algo tan extraño, y mis zapatos suplicaban a gritos recuperar algo de autoestima. Así que, casi obligado, me senté en su humilde trono acolchado y, bajo una sombrilla de colores, observé atentamente y en silencio durante casi un cuarto de hora cómo aquel hombre rejuvenecía mi calzado.


También miré a aquellos gentilhombres cercanos a mí a los que otros desvencijados limpiabotas retornaban la dignidad a su caminar. En sus miradas y sus gestos podía observarse lo rutinario de aquella acción, como si los lustradores fueran ya invisibles para ellos. Puede que fuera por mi posición de primerizo en la cuestión, pero me dediqué a escudriñar a la persona que se agazapaba a mis pies. Si no me hubiera fijado bien, hubiese pensado que en realidad quería acabar el trabajo rápido y tampoco se detenía a adecentar mis botines con demasiada precisión. Y en efecto, hubiera estado totalmente equivocado. Cuando mis ojos se acostumbraron a la rapidez de sus movimientos, fue casi como si el tiempo se detuviera, y entonces lo vi claro. Aquel hombre, aquel artesano del betún, acariciaba la piel de mi zapato como si de una amante se tratara, y la halagaba con las palabras más bellas y los gestos más exquisitos. Cepillaba sus arrugas como si de un anciano enamorado de su esposa se tratara, limpiaba sus asperezas como el hijo más agradecido, y limaba sus contornos desgastados hasta tornarlos tan perfectos como el pompis de un querubín alado. Tan bien lo hizo que, al final, mis zapatos se sonrojaron, pero no como lo hacemos las personas, sino como lo hacen los mocasines nuevos y coquetos, tiñendo sus mejillas de un elegante e impecable negro luminoso.


Me di cuenta, entonces, que quizá no eran mis zapatos los únicos que hacía demasiado tiempo que lucían tristemente desgastados y deshilachados, sino que puede que yo mismo llevara ya demasiado tiempo raído por dentro, pero sin hacer nada por deshollinarme. Y fue entonces cuando decidí que ya era hora de buscar un limpiabotas para mi propia alma en la plaza más próxima y lo antes posible. Ya tocaba.

31 mayo 2010

De Olas, Tsunamis y otros milagros

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Sede electoral del Partido Verde durante la tarde de los comicios del domingo 30 de mayo


Tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, la conclusión evidente es que a la Ola Verde se la zampó un Tsunami llamado Juan Manuel Santos. Chorreando desconcierto tras el Derechazo que suponen 25 puntos de diferencia, los seguidores de Mockus no paran de darle vueltas al asunto, preguntándose cómo ha podido ocurrir este Armagedón, si hace pocos días todo parecía soplar a favor y la orilla se veía tan clara.


No han tardado en salir los ecos que braman acerca de un fraude electoral en muchas regiones o sobre los mecanismos que se han activado desde el oficialismo para que su Delfín nade tranquilo hasta las paradisíacas aguas de la Casa de Nariño. Pero por mucho que esos factores existan en mayor o menor medida y hayan tenido su peso en el resultado, no lo dudo, bajo mi punto de vista han influenciado mucho más los errores propios que el candidato verde ha cometido a lo largo de la campaña, y que ya se intuía, desde hacía tiempo atrás, que le acabarían pasando factura, aunque ésta haya llegado en preocupantes números rojos y en cifras de seis ceros, y con un aviso de suspensión de luz y agua.


Seamos sinceros tanto para lo bueno como para lo malo. Mockus es un soplo de aire fresco en la política tan mediática a la que para nada estamos acostumbrados a uno y otro lado del charco. Alejado de la politiquería, la guerra sucia, la corrupción y los mensajes idiotas para votantes idiotizados, él quiere enseñar a la gente a reflexionar, a pensar por sí misma, a que el país y las personas que lo forman sean mejores y, lo más importante, quieran ser mejores. Un superdotado para el pensamiento, pero un minusválido para transmitirlo. Quizá sus ideas sí lleguen a los votantes más formados, a la juventud universitaria y a la población urbana de estratos medios y altos. Pero no para el resto, que desafortunadamente, son la mayoría de este país.


Volvamos a la idea principal: sus propios errores, la paja en el ojo propio. El primer desacierto ha sido no concretar sus propuestas. Ha abusado demasiado de los cánticos en coro y lemas repetidos hasta la saciedad, como "la vida es sagrada" o "con educación todo se puede". Todo muy bonito, bañado en una marea de girasoles y lápices al viento. Pero al final, lo que la gente necesita son propuestas. Santos prometió crear equis empleos, hacer esto y aquello, mientras Mockus parecía a veces más bien un manual de autoayuda que un futuro jefe de Estado. Quizá su problema recae en que es incapaz -y lo digo con toda convicción- de mentir al electorado y hacer promesas baldías. No se trata de eso, Antanas. No se trata de mentir y prometer una plaza de aparcamiento gratis en el Paraíso a los colombianos. Se trata de, al menos, jugársela y concretar cosas tangibles. No solo recordar lo sagrada e importante que es la vida en un país donde a menudo nadie lo recuerda, sino también recalcar que se quiere acabar con las FARC y cómo pretende hacerlo. Concretar y proponer, en resumen.


Tampoco ha querido entrar en la guerra sucia y los ataques indiscriminados. Pero, como decía hoy el genial caricaturista Vladdo en su cuenta de Twitter, por querer alejarse de la politiquería, Mockus ha dejado de ser político, que es de lo que al final se trata todo esto. En ese mundillo, y no hay más secreto, tan importante es ganar como que el rival pierda o, al menos, gane menos que tú. Mockus se ha negado a entrar en ataques al resto de candidatos -cosa que le honra-, pero ha confundido la idea. No hablo de atacar de forma bruta al adversario, pero Santos era el filón de las sombras del Gobierno uribista, que Mockus ha dejado escapar. No hablo de ensuciar, sino de resaltar a los votantes aquello de lo que cojea su rival, salpicado por multitud de controversias. Empezando por los desplazados por la guerra y los "falsos positivos" (para quien no esté familiarizado con este término, ejecuciones extrajudiciales -término políticamente correcto para hablar de puros y duros asesinatos- de jóvenes civiles, la mayoría de zonas humildes, a manos de militares que los presentaban como guerrilleros muertos en combate para lograr beneficios de sus superiores. La cifra supera los 2.000 muertos en todo el país, según la Fiscalía, y se dieron durante el mandato de Santos como ministro de Defensa, aunque él no fuera el responsable directo) y acabando por el bombardeo a un campamento de las FARC en selva ecuatoriana, motivo de las aún relaciones rotas con el país vecino, o las escuchas del servicio de inteligencia a opositores, magistrados, activistas o periodistas, las llamadas "chuzadas". Son los hechos más significativos de una lista negra que Mockus desaprovechó, cosa que sí hizo, entre otros, el candidato del Polo Democrático Alternativo, Gustavo Petro, con elegancia y sin necesidad de entrar en los bajos fondos de la política embarrada. O sea, recopilando, Mockus dejó escapar vivito y coleando a su rival, con tanta bondad que ni siquiera se defendió en muchas ocasiones de los ataques que este le profirió.


Tampoco le ha beneficiado a Mockus (filósofo, matemático y, por si no fuera bastante, niño prodigio) el formato de los debates, que en Colombia alcanzan su máxima expresión y se han dado hasta en una docena de ocasiones en distintos canales. Mientras el modelo "respuesta en un minuto" ha permitido que candidatos como Santos, Petro o Vargas Lleras (de Cambio Radical, que junto a Petro ha sido el gran ganador de los debates) hayan podido desplegar toda su capacidad oratorio-retórica, lograda en años de pelea en la arena del Gobierno, el Congreso y el Senado, Mockus ha aparecido como un aspirante al que le costaba exponer sus ideas y se perdía en un mar sin rumbo. Nadie sabía dónde quería llegar cuando empezaba una respuesta que, obviamente, nunca finalizaba como él quería, pues la cuenta atrás siempre expiraba antes que sus palabras. No es que no sepa expresarse, sino que sus respuestas tienen demasiada profundidad para ese formato y, peor aún, piensa antes de responder (¡Ah! ¡bendito defecto!). Yo no se lo echo en cara, pero entiendo que los electores necesiten ideas más fáciles de entender. Quizá Mockus quiera enseñarles a ir más allá, pero para eso primero debe ganar y ser el que tome las decisiones que cambien la cultura de este país.


Por último, si bien es cierto que el Dream Team de algunos de los mejores alcaldes en la historia del país que forman parte del equipo dirigente del Partido Verde (la tripleta atacante Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo "Lucho" Garzón en Bogotá, y el organizador de juego Sergio Fajardo, otro matemático que como alcalde transformó Medellín, y ahora aspirante a la vicepresidencia) ha conseguido movilizar a una masa de votantes, la mayoría jóvenes, normalmente apáticos con la política y que se han implicado con una pasión que yo pocas veces he podido observar, lo cierto es que esta movilización ha sido menor de la esperada. Casi la mitad del electorado se ha abstenido, una tendencia habitual, pero que en estas elecciones parecía que se iba a revertir y alcanzar un 70% de participación, según las previsiones de las encuestas que, dicho sea de paso, son las grandes perdedoras de los comicios. Como pasa en España y en muchos países del mundo, la derecha es mucho más fiel y se moviliza con un solo chasquido de dedos, mientras que electorado "de izquierdas" o progresista es mucho más holgazán. Mockus ha sacado a votar a muchos, sí (hace meses no superaba el 3% en las encuestas), pero no a tantos como se auguraba.


En definitiva, y haciendo un símil balompédico, Mockus ha sido como el Guardiola cuyo Barça del jogo bonito, del juego de equipo, del tiqui taca hasta las últimas consecuencias, siempre es fiel a su estilo aunque el resultado final pueda ser la caída, con honor, pero caída al fin y al cabo. Santos, por contra, es como el Mourinho de la política, el líder único y total, capaz de generar afinidades y odios a partes iguales, un brillante comandante para el que lo realmente importante es el fin, siempre el fin y solo el fin. Recordemos que el Inter de Mou ganó la última Champions League, eliminando al Barça en semifinales, aunque fuera a costa del espectáculo y el buen juego, y con medios algo maquiavélicos. De repente me he dado cuenta que no me gustan las metáforas, así que mejor dejemos este símil aparcado.


¿Qué necesita Mockus para ganar en segunda vuelta y remontar una eliminatoria que ahora mismo está cuatro goles por encima en el marcador? En mi opinión, el matemático Mockus debe ser capaz de resolver la ecuación más difícil de su vida y de hacer converger tres ejes hoy por hoy en las antípodas unos de los otros: por un lado, tener la suerte que muchos de los votantes santistas, seguros de la victoria más que probable, se queden en sus casas un domingo durmiendo o sacando rendimiento a su sofá, lo que reste algo de porcentaje al Partido de la U y le sume un poco de ¡Oh! a los Verdes. Por otro lado, importante pero no suficiente, concentrar en esa segunda vuelta del 20 de junio el máximo de votantes de otros partidos que ya no concurren, muchos de los cuales ya planeaban votarle en el segundo round electoral, confiados de que la diferencia sería mínima, casi un empate técnico. Y por último, y esto sí resulta clave, movilizar esa masa abstencionista que alcanza el 51%, y que es un vivero de votantes potenciales. Quizá el voto del miedo a Santos espolee a muchos de los que no acudieron a las urnas, al ver las orejas al Lobo. Pero si Mockus pretende realmente dar un vuelco a lo que hemos visto en esta primera vuelta, debe ponerse las pilas y mejorar todos los aspectos de los que hemos hablado a lo largo de este extenso post, al que por cierto las firmas encuestadoras colombianas aseguran que será el más leído de la semana en todo Internet. Casi un milagro (tanto lo uno como lo otro), pero es que la política, al final, poco tiene de matemática y ciencia exacta, y mucho de pasión injustificada y esperanza desmesurada. Y eso, la esperanza, es lo último que se pierde y, si puede ser, por menos de 25 puntos de diferencia.





Arriba, Juan Manuel Santos durante una entrevista con EFE. Abajo, Antanas Mockus,
en el acto posterior a la marcha indígena en favor de su candidatura en Ibagué (Tolima)

25 mayo 2010

Olas


Verde. Amarillo. Azul.

No son solo colores. Son más que eso.

Son olas. Unas crecen hasta su orilla, otras mueren en el mar.














Las fotografías corresponden a la marcha indígena a favor de Antanas Mockus (Partido Verde) en Ibagué (Tolima) y a los cierres de campaña de Gustavo Petro (Polo Democrático Alternativo) en la Plaza Simón Bolívar de Bogotá, y de Noemí Sanín (Partido Conservador) en Soacha.

09 mayo 2010

Miguel Bosé, ya colombiano, desboca el corazón de sus compatriotas con "Cardio"

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(Foto: Leonardo Muñoz / EFE)


Àlex Cubero

EFE, Bogotá


Como si quisiera devolver el regalo de su reciente adquirida nacionalidad colombiana, el cantante español Miguel Bosé hizo desbocar el corazón de sus ya compatriotas con un espectacular concierto en Bogotá, en el inicio de su gira "Cardio", tras su paso previo por Medellín en la víspera. Con un impresionante montaje, en el que dos pantallas gigantes y una estructura circular de unos seis metros de diámetro colgada del techo se encajaban y desencajaban, en medio de un derroche de imagen y color, el público bogotano latió a velocidades insospechadas ante un Bosé pletórico e incansable durante cerca de tres horas de concierto. Acompañado de tres bailarines y como si hubiera probado el elixir de la eterna juventud, el cantante exhibió coreografías que añadieron espectacularidad a un show que repasó grandes éxitos de su carrera, además de presentar los nuevos temas de "Cardio", el álbum que da nombre a su gira.


Y es que los latidos de sus fanáticos pasaron de cero a cien en un increíble arranque en el que el aumento de pulsaciones al son de dos de los nuevos temas de su nuevo disco, "Ayurvedico" y "Cardio", levantaron a los congregados en el coliseo de El Campín. Al grito de "buenas noches, compatriotas", Bosé se entregó en cuerpo y alma con una veintena de canciones como "Nena", "Dame argumentos", "Júrame", "El perro", "Eso no" o "Por ti". Pero el éxtasis llegó con el repaso a míticos temas como "Morena mía" o "Sevilla", en el que absolutamente todo el público movió los brazos al mismo ritmo que Bosé, en una conexión con el cantante que no se rompió en toda la velada.


Un espectáculo en el que el público también intimó con las letras de "Hay" o "Down with love", en las que un quirúrgico Bosé llegó hasta el fondo del alma de su público colombiano. "Cuanto nos gusta a cada uno de nosotros decir a alguien que eso lo haces por esa persona, pero cuanto cuesta", dijo en un instante del concierto el cantante, aunque en su caso el grado de comunión fue tal con sus seguidores que casi pareció que le estuviera cantando a cada uno de ellos personalmente. Como el "ay, ay" de su canción "Estuve a punto de", los asistentes casi sintieron un respingo cuando en el segundo bis de la noche, Bosé resucitó "Amante bandido", uno de sus temas más conocidos y exitosos y que permitió elevar la temperatura y los decibelios de la capital de Colombia.


Bosé, que obtuvo hace un mes la nacionalidad colombiana, también tuvo tiempo para recordar su compromiso social, cuando recordó a los desplazados por las guerras y la pobreza, ante los que "seguimos estáticos" mientras "la tierra tiembla, los volcanes estallan y el mundo se sacude". "Canta por lo que creas y nunca dejes de cantar", exclamó el artista ante una ovación estruendosa que se repitió infinitas veces a lo largo de la noche por parte de un público formado en gran parte por mujeres. Y es que a horas del Día de la Madre en Colombia, que se celebra este domingo, el hijo recién adoptado de esta nación entregó un regalo envuelto en lo mejor de sí mismo, para agradecer la acogida de un país al que nunca ha faltado desde que en los años setenta empezara su andadura musical. Precisamente, con un "Te amaré" cantado al unísono con todo su público y apretando emocionado la mano contra su pecho, Miguel Bosé se despidió de Bogotá y de un país al que, nuevamente, robó el corazón y con el que alargó un idilio que con el paso de los años se afianza con mayor pasión.






La crónica publicada, aquí, y el vídeo del concierto, aquí)




07 mayo 2010

Grietas

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A través de los amplios ventanales del tercer piso de su estudio, el cielo bogotano aparece de un espeso gris melancólico, vomitando una lluvia que aporrea con desesperación los cristales. Un día de aquellos en que parece que todo fuera a suceder, tan dramático como si quisiera rendir homenaje a una de sus obras. La miro a ella y su pelo rizado parece ser el epicentro de todo este día barroco. También gris, más oscuro si cabe, frondoso y arremolinado, presagiando borrasca. Pero cuando Doris Salcedo empieza a hablar, su voz dibuja las formas de una tibia suavidad. No necesita gritar para decir.


"Creo mucho en el ser humano, soy optimista. Pero también creo que cada ser humano tiene una memoria de dolor, algo que le ha dolido, y esa memoria esta ahí. Yo presento la memoria de otros seres humanos, las víctimas, y lo que le pido al público es un minuto de silencio, un momento de contemplación silenciosa frente a una obra, para que esa memoria de dolor escrita en cada espectador se encuentre con la memoria de dolor de la víctima, que espero haber logrado en la obra, y generar así una memoria colectiva acerca de lo que está pasando"


Las víctimas como epicentro de sus creaciones. A esta escultora colombiana de 51 años, que hace dos días se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Velázquez de Artes Plásticas y es considerada una de las artistas más importantes del panorama internacional, hace demasiado tiempo que se le quebró el alma por el conflicto armado que vive su país. Fue el 6 de noviembre de 1985, cuando un comando de guerrilleros del ya desmovilizado M-19 tomó el Palacio de Justicia en Bogotá, asalto que acabó con la vida de 55 personas, once de ellas magistrados de la Corte Suprema. Salcedo, entonces estudiante, se encontraba a unas pocas manzanas del lugar, y presenció en vivo y directo aquel funesto suceso de la historia colombiana.


"Toda la vida he trabajado acerca de la fragilidad de la vida, de la vulnerabilidad del ser humano, del hecho que somos finitos. Es la muerte lo que me interesa, y esa finalidad tiene que estar en los materiales. Cuando un país construye un arco del triunfo, un obelisco, está contando una historia de triunfos. Nuestra historia es de derrotas, y lo que nos quedó fue la ruina. Nosotros tenemos ruinas, no arcos de triunfos"


Su sonrisa luminosa se funde a negro cuando habla de ello. "Cualquier límite de decencia y de humanidad que hubiésemos tenido, se acabó". Es por ello que sus obras hablan de la injusticia, de las víctimas, de los muertos en guerra y los muertos en vida. Y lo hacen desde la cruel sinceridad, sin medias tintas. Efímeras obras que producen en el espectador la sensación acongojante de enfrentarse a la incómoda realidad, incluso a través de objetos reales de las víctimas, como zapatos, muebles, ropa. Esculturas que inquietan, conmueven y obligan a mantener una mirada que hasta ahora nos habíamos acostumbrado a apartar sin remordimientos.


"Hay una realidad muy dolorosa, y doloroso es asumirlo. Creo que necesitamos construir esa memoria colectiva, pero a partir de las experiencias. La memoria de las víctimas es una memoria reprimida, y esa memoria reprimida tenemos que abrirla y hacerla publica a través del arte, para que esas experiencias de dolor salgan del espacio privado del dolor de cada víctima y pasen al espacio de lo publico, y ahí podrá haber verdad, restitución y reconciliación".


Abrir lo enterrado, como hizo en la más famosa y comentada de sus obras, una enorme grieta que partía en dos el suelo de la Sala de Turbinas de la Tate Modern de Londres, el epicentro de la Europa cultural. Una creación que hablaba de las injusticias, de la exclusión por parte de Occidente de ese Tercer Mundo al que ella pertenece. Un olvido que se atrevió a resquebrajar, pero que seguía manteniendo en el fondo un mensaje pesimista, pues las paredes de la grieta mostraban esa valla con la que siempre se topa el ciudadano del Tercer Mundo, la verja del miedo, la rabia y el desprecio.


"El arte siempre está ligado con la política, esté o no explícito en la obra, porque lo que hace el arte es abrir espacios y ampliarlos, para que la gente pueda ver, decir, existir, hacer, ser vista y vivir una vida plena".


Justo cuando la entrevista finaliza y el cielo de Bogotá parece haberse decidido a dejar de exhalar agua, Doris desciende por un viejo montacargas y se reúne nuevamente con algunos técnicos de su equipo. Insiste en que sin ellos nada sería posible, pues detrás de sus ideas se esconde el trabajo de casi cuarenta personas de todas las disciplinas técnicas imaginables y, sobre todo, esa experiencia de las víctimas de la que se nutren sus creaciones y a las que intenta dar resonancia. Y aunque sigue respondiendo algunas preguntas de última hora, sus ojos ya están diseccionando detalles de la próxima obra en la que trabaja, basada en las exhumaciones de víctimas del conflicto colombiano y ante la que solo puedo contener la respiración y la angustia. En realidad, me sorprende que entre esta barbarie en Colombia, la creatividad de tantos artistas y pensadores sea capaz de florecer de forma tan abundante. Ella alza la vista y me responde: El mejor espacio para el arte es la necesidad. Por eso hay tanto arte bueno en Colombia. En 51 años no tengo memoria de nada decente en la política de este país".




(La entrevista publicada, aquí)

03 mayo 2010

"No hay nada que celebrar"

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Colombia. Año dos mil diez. Periodistas asesinados, cuatro. Amenazados, treinta y siete. Uno más, es decir, treinta y ocho, es la cifra de periodistas asesinados en todo el mundo en lo que va de año. En cuatro años, más de cuatrocientos. Promedio por año, cien. El pasado mes de abril, un repunte, con quince periodistas asesinados. Uno cada dos días. Ciento sesenta y cinco encarcelados en estos cuatro meses en todo el planeta. Seis periodistas agredidos por agentes de la Policía durante las manifestaciones del Día del Trabajador en Cali, de los medios Agencia Efe, Associated Press, Associated France Press, Cable Noticias y Caracol Noticias. Uno más agredido el mismo día en Bogotá. Puntos de sutura en su cabeza, diez. Asesinatos de periodistas que quedan impunes en todo el mundo: Noventa por ciento de los casos.


"Hoy no hay nada que celebrar". Eduardo Márquez, presidente de la Federación Colombiana de Periodistas, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa.






Fuentes: Federación Colombiana de Periodistas (Fecolper), Reporteros Sin Fronteras (RSF), Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), Campaña emblema de Prensa (PEC), Comité para la Libertad de los Periodistas (CPJ), El País.


Fotografías: Arriba, agresión a Oriol Segón Torra, periodista español independiente de medios internacionales, en la manifestación del Día del Trabajador en Bogotá (Damien Fellous). Abajo, la policía hondureña rodea al fotógrafo de Associated Press (AP) Darío López-Mills durante las protestas con motivo del golpe de Estado en 2009 (Reuters/Oswaldo Rivas)

23 abril 2010

Miradas en blanco y negro en una Colombia teñida de rojo


Con los incómodos disparos de su cámara como única arma, el fotoperiodista colombiano Jesús Abad Colorado trata de destapar con una mirada en blanco y negro esa Colombia teñida de rojo por el conflicto interno que la desangra, ese "espejo roto" al que ciudadanos, medios y políticos parecen no querer mirar. Una guerra en la que confluyen guerrilla, Ejército, narcotraficantes y paramilitares, oculta bajo el velo de la banalización de los medios, el silencio de los gobernantes y el agotamiento de la ciudadanía, que enmudecen los gritos de desesperación de miles de colombianos salpicados a diario por el conflicto armado. Sin embargo, como en una de sus fotografías, Abad es esa niña de mirada descarada que observa directamente a la cámara a través de un agujero de bala en uno de los cristales de la ventana de su casa.


"Creo que el dolor de los desplazados, de las masacres y de tanta tragedia que vivió Colombia saturó de alguna manera a la gente, no querían ver más", dice Abad. "Pero cuando uno tiene la posibilidad de mirarse en el espejo que ha dejado la guerra, un espejo roto que nos está reventando en la cara, ve eso enfrente y todo el dolor que ha producido, yo creo que debe preguntarse: quiénes nos han gobernado y han permitido que esto llegue hasta aquí?".


Dieciséis años de imágenes en blanco y negro para hacer reflexionar a los colombianos, pues fue precisamente esa carencia de reflexión y de análisis lo que le llevó a abandonar el periodismo en los medios de comunicación e iniciar un camino en solitario con el fin de detenerse a "narrar", a estar "al lado de los que más han sufrido". Y es que triste de que los periodistas olviden su profesión y se limiten a acusar a narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares como únicos causantes del conflicto, Abad se pregunta cuál es la responsabilidad del Estado y los políticos, impunes en un país en que "periodismo y poder van de la mano". "Lo que hago -recalca- es documentar los hechos desde todas sus caras y facetas, no para decir quién es peor o quién es mejor, sino para mostrar los efectos perversos que tiene la guerra sobre la vida colombiana. El periodismo no es para ver solo con un ojo".


Por ello, con su cámara trata de reflejar todos los aspectos y consecuencias del conflicto, ya sea desde la más cruel de las muertes a la más esperanzadora de las sonrisas de un niño cuya familia sufre los efectos del desplazamiento forzoso, pero fotografiando siempre desde la ausencia de todo color, como si quisiera evitar cualquier desvío de atención y mostrar solo la realidad cruel de un conflicto que a veces se torna invisible, camuflado por esa Colombia que parece ser solo "pasión" según los medios y el Gobierno, pero que "más allá de cascadas, arco iris y bosques" oculta comunidades que son desplazadas y asesinadas a diario. "No es justo que la gente pierda el territorio y la vida con el silencio de los medios", lamenta este fotoperiodista de Medellín, que admite haberse sentido "muy solo", sobre todo por no poder llegar a muchos lugares en los que se debe contar lo que está sucediendo.


Cuando finaliza una de sus conferencias en el II Congreso Mundial de Trabajo Psicosocial en Desaparición Forzada, Procesos de Exhumación, Justicia y Verdad, que se ha celebrado estos días en Bogotá, un grupo de mujeres se acerca a Abad y le ruegan que acuda a Nariño, una de las regiones colombianas más azotadas por la guerra, para documentar las injusticias y atrocidades que ahí se están produciendo. Abad les entrega su contacto y les promete acudir lo antes posible para ayudar a destapar otro silencio más. En definitiva, para que el rojo invisible de Colombia se haga evidente en el blanco y negro de su mirada.


(La entrevista publicada completa, aquí, y el vídeo, aquí)


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