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01 agosto 2010

El significado de las palabras

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Y me dio por pensar, algo que no está mal hacer de vez en cuando. Siempre me pasa igual cuando hago ese trayecto interminable, desde el valle en el que se agazapa Medellín hasta el aeropuerto de Rionegro. Encontrar un hueco para meditar en esos tres cuartos de hora que dura el viaje en taxi es más que fácil. Esta vez, acompañado de Maria Paula. Otras veces solo. No importa, siempre hallo unos segundos, unos minutos, lo que sea, para remover el desordenado trastero de mi cabeza, mientras serpenteo por la carretera que escala los cerros de esa ciudad.


Explicaba que me dio por pensar. Me vino a la cabeza el tiempo que ya ha pasado, y más aún en el poco que me (nos) queda. De repente, me di cuenta que en un mes dejaría de sumar, para empezar a descontar. Que cuando volviera de vacaciones ya solo quedarían tres meses y medio, poco más. Y una sensación extraña me ascendió por la garganta, como cuando a uno se le repite entre sábanas una cena demasiado copiosa.


Pues eso, que sin pensarlo, pensé. Y recordé cuando Victor Sancho era un solo aquel chico de último año de carrera, un curso más que yo, con el que improvisaba programas de radio cuando los dos nos quedábamos solos en el estudio después de clase. Y cómo se me entrecortaba la respiración cuando él me explicaba que debía escoger en qué país del extranjero hacer el segundo año de aquella beca que entonces yo desconocía. Él hablaba con familiaridad de El Cairo o La Paz, como si solo se trataran de estaciones de Metro donde bajarse. A mí, en cambio, todo eso me quedaba demasiado lejos, como un espejismo algo borroso, irreal. En realidad, yo le envidiaba en secreto, en silencio, de una forma casi cainita.


Miro por la ventanilla del taxi, pero sin enfocar nada en concreto del paisaje verde (aquí, como ocurre en el Polo Norte con los blancos, he aprendido a diferenciar entre tipos de verdes). Sí logro constatar de reojo que Medellín se empequeñece desde lo alto de los cerros, mientras en esta particular tanda de flashbacks de carretera, un Joan demasiado preguntón, una desconfiada Nina callada en una esquina de la mesa de reuniones y una Carola entonces exóticamente pelirroja se sientan enfrente mío. Alba, Alejandra y Victor a mi derecha. Y ante los siete, dos años de beca por delante. Dos años… una eternidad, vamos. Como cuando los niños piensan en qué profesión tendrán cuando sean adultos, pero sin saber exactamente qué significa esa palabra tan barroca.


Y es ahí a donde quería llegar, al significado de las palabras. En aquel entonces, hablar de dos años era un sinónimo de infinito, de un largo camino por delante. De lo que iba a ser. Ahora, pensar en esos dos años es hacerlo, sobre todo, en base a lo que sido, en lo que ya ha pasado. Me acuerdo en cómo dudaba sobre si escoger Colombia, por lo que significaba entonces. Casi dos años después, ya nada es lo mismo ni volverá a serlo. Ni Colombia, ni las calles de Bogotá, ni las noches de Medellín, lugares que ahora me resultan tan extrañamente familiares. Todo tiene un nuevo significado. Incluso Barcelona, y mucho más Madrid. Tampoco los sueños son los que eran. Muchos de ellos, tiempo atrás inconcebibles, se han cumplido. Otros tantos se han generado a partir de esos. Algunos se han aplazado y puede que otros se hayan esfumado sin saberlo. Las cosas han cambiado. El pasado, el presente y, especialmente, el futuro.


Amigos. Distancia. Sueños. Amor. Abrazo. Cielo. Hogar. Recuerdo. Camino. Futuro. Simples palabras, aunque al final todo reside en el significado que les concedamos. O eso pensé, vaya.

03 febrero 2010

"Diosito"


Decir su nombre no tendría ningún sentido,

pues casos como el suyo existen en todos los idiomas posibles.



Habla del mismo modo que conduce ese minúsculo taxi, con tranquilidad y paciencia, algo inaudito en esta ciudad-caos. De repente, otro vehículo amarillo surge inesperadamente de un callejón nocturno y cruza a toda velocidad, lo que le obliga a frenar en seco. Maldice con educación, aunque le resta importancia. "Estoy tranquila. Mi Diosito va siempre conmigo".



Explicar su historia no tendría demasiado sentido,

ya que es un guión que se repite en todos los rincones del planeta.



Hombre abandona a mujer / Mujer debe criar sola a dos niños pequeños, contra viento y marea, en un país donde falta trabajo y sobra machismo. La misma trama de siempre con actores distintos. Ella se queja de aquel hombre que la abandonó por otra, desapareció para siempre y se olvidó de sus hijos. Pero lo hace con la boca pequeña, como queriendo no revolver un pasado que en realidad nunca olvidará. "No pasa nada, mi Diosito siempre me ha ayudado a salir adelante".



Explicar el final de esta película, sin embargo,

tiene todo el sentido del mundo.


Nos confiesa que ahora es, simplemente, feliz. Y desprende un orgullo inmenso cuando nos resalta que sus dos hijos, ahora veinteañeros, han casi acabado sus carreras universitarias y que son "buenas personas", que no la tratan solo "como una madre, sino como a su amiga". Dice que por fin consiguió comprar "una casita de esas pequeñitas" y que ahora sueña con tener un taxi en propiedad, para poder seguir trabajando muchos años más, porque sino, "en casa me muero sin hacer nada". Pero sonríe, porque puede trabajar en una época sin oportunidades, y menos para una mujer de cincuenta años, desgastada por el tiempo y las lágrimas. "Puedo hacerlo gracias a que mi Diosito no me abandona".


Cuando pagamos y bajamos del taxi, ella da repetidas gracias y se marcha serena, tranquila, calle abajo. Su minúsculo vehículo amarillo se pierde en la oscuridad, como si cayera el telón de la misma obra de siempre, pero esta vez con final feliz. El suyo. Con nombre y apellidos. Y con su Diosito en el asiento del copiloto.




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