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08 diciembre 2010

Clic

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Nunca me acostumbraré a hacer las maletas. Esa sensación extraña que supone desmontar el escenario que uno construye a su alrededor, ese mundo que uno va creando con el paso de los meses para sentirse un poco más en su sitio. Toca doblar la ropa, desnudar las estanterías de libros, arrancar las fotos de las paredes del cuarto, tirar a la basura cosas que he guardado con tozudez a lo largo del año -a sabiendas que no se regresarían conmigo a final de esta aventura-, pero también encontrar aquellas que creía imprescindibles traer al inicio de este viaje -pero que curiosamente no han salido de la maleta, porque nunca las llegué a necesitar-.


Y peor todavía es cerrarlas. Después de un buen rato haciendo uso de mi fuerza bruta para unir las dos partes del equipaje, todo se soluciona con un simple clic. En efecto, así de cruel, así de descorazonador. Todo un año completo se resume en un jodido ruidito de cerradura. Clic. Y ya está, apaga y vámonos, que eso es todo amigos y sanseacabó.


Pero no. En realidad, ese clic tiene más sentido de lo que parece. Porque ese clic, ese sencillo clic, ese clic sin más pretensiones, ese clic que no se esconde bajo disfraces de ruidosos clocs, de pomposos clacs o de elegantes clucs, amaga en el fondo la sencillez de cuando todo encaja sin más, de cuando todo adquiere un sentido, de cuando las dos mitades del equipaje se unen. El desenlace éste y el comienzo aquel. La marcha y la llegada. El hoy y el muy anteayer, todo entrelazado en un solo clic.


Clic. Aquel avión despegando de Barcelona, con el horizonte matutino anaranjado por el sol y aguado por las lágrimas de la despedida. Clic. El recibimiento en Bogotá de Andrés con su cartelito de Efe en un aeropuerto caótico, que ahora no me lo parece tanto. Clic. Cuando en la primera noche explorando el barrio, a dos manzanas del hotel nos encontramos de repente con unos ventanales con el símbolo de la agencia, que tantos miedos, desafíos y sueños evocaba. Clic. Esos mismos miedos, desafíos y sueños que me ha tocado enfrentar cada día, con más o menos éxito dependiendo del caso. Clic. Bogotá la caótica, que ahora me parece la más plácida del mundo. Clic. Las noches con sabor a ron y aguardiente, a salsa y vallenato, a abrazos y sonrisas. Clic. Cata y Andrés. Clic. Los días de soledad, de demasiada soledad, en los que todo parecía más pesado, más lento y menos apasionante. Clic. Los viajes al Paraíso, esos en los que El Dorado deja de ser leyenda, en los que comes pescado en la orilla de la playa y saludas a la gente desconocida que se cruza contigo. Clic. Los partidos de fútbol de cada miércoles, la lluvia interminable durante meses y meses, mi primera casa independizado y el empezar a beber cerveza de forma habitual. Clic. Medellín, la que me enamoró. Clic. Echar de menos a mi familia, mis hermanos, mis amigos, mi perro, mi Barcelona y todas esas cosas a las que uno agrega el tan significativo posesivo "mi". Clic. Sentirme más catalán que nunca, más español que antes y más colombiano de lo que pensaba. Clic. Sentirme y aprender a ser periodista. Clic. Despedirme de lo que ha sido, sin duda, mucho más que mi nueva casa, mi nueva ciudad y mi nuevo país, y todas esas cosas de las que te sorprendes poniendo un posesivo delante, pues de repente ya las sientes tuyas para siempre. Y clic.


Ahora lo entiendo. Ese último ruido, el que cierra el círculo, es un sonido tranquilo, armónico. Siento tristeza por irme, pero al mismo tiempo estoy extrañamente tranquilo. Sé que he aprovechado la experiencia al máximo y que no puedo arrepentirme de nada, pese a que sé que todo está aún por hacer a esta orilla del mundo. Me voy, pero nunca acabaré de marcharme del todo. Porque, como diría Machado si hubiera sido becario de La Caixa, "Becarito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las mil Colombias ha de robarte el corazón". Cuál de ellas, es cosa tuya, becarioquemesustituye. Pero eso ya lo descubrirás por ti mismo, aunque puede que no lo hagas hasta el último minuto, cuando escuches, sin esperarlo, ese último, cruel, efímero y hermoso clic.



19 noviembre 2010

Papá Dios

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Bebes otro trago y notas como el ardor se desliza por tus entrañas. 

El ron, ese sucio ron que corre por una sucia playa de una más sucia ciudad del caribe colombiano, dilata las pupilas de Miller y suelta su lengua, aquella que confiesa que una vez estuvo encerrada entre los barrotes de una cárcel por vete a saber qué razón. En realidad tampoco importa demasiado, pues todo parece un poco más liviano en comparación al aire nocturno que respiras, tosco, húmedo y cargado, convertido en plomo que se abre paso a marchas forzadas por tus fosas nasales. Incluso la arena es incómoda. Se engancha a tu piel como si fuera un parásito enquistado cuya vida depende de seguir unido a ti. 

Cuando consigues deshacerte de ella, un brillo llama tu atención, el resplandor de cientos de pedacitos dorados pegados a la palma de tu mano. Pero no es oro todo lo que reluce, no. Solo la pirita que nadie quiere, y que lucha por aferrarse al primero que pase por ahí, desesperada en su soledad. 

Y bebes de nuevo otro pesado sorbo.

A unos metros, una manada de perros corretea libremente por la orilla, al tiempo que Miller descarga su vejiga en dirección a las profundidades del Atlántico. Un cangrejo se agazapa en su agujero a toda prisa, huyendo de toda esa decadencia que solo el Caribe puede convertir en algo bello. Es un personaje curioso, este Miller. Guía turístico, es de esa clase de tipos de los que, en condiciones normales, seguramente te alejarías sin dudarlo. Pero no puede evitar enternecerte cuando te encañona con esa mirada inocente, casi como la de un crío que va descubriendo la vida a golpes y trompicones. Igual que cuando sonríe, de manera torpe y sin demasiados alardes. Como si fuera algo a lo que tampoco estuviera demasiado acostumbrado.

Miller habla. En realidad, habla mucho. Sobre Bolívar, sobre Santa Marta, sobre los indígenas que conoce, sobre los españoles buenos y malos que una vez pasaron por ahí, sobre alguna Historia cierta y sobre otra historia no tan cierta. También sobre cómo ha cambiado su vida y sobre su Papá Dios. Ese a quien atribuye el habernos encontrado, pues dice que somos personas de buen corazón. Ese que para él es medida de todas las cosas, regla general sin excepciones, explicación de todo lo que pueda ocurrir y solución a cualquier imprevisto que pueda surgir.

Insiste en que su Papá Dios nos acompaña, incluso cuando él no vaya a estar, y uno no puede evitar tomárselo a broma. Hasta que de repente, cuando una tormenta tropical se abalanza sobre nosotros para hacernos el camino imposible, unos supuestos amigos de Miller aparecen milagrosamente en lancha, salvadores ellos, para llevarnos a buen refugio y sin cobrarnos nada a cambio. O cuando un taxista intenta vaciarnos los bolsillos ante nuestra cara de occidentales despistados, pero de repente y de la nada, hace presencia una buseta, cuyo conductor nos advierte a tiempo del timo y nos transporta gratis. 

Y así una casualidad se sucede tras otra hasta que, en esta orgía de los azares, como si fuera la Capilla Sixtina de la fortuna, una familia de colombianos se apiada de nosotros, nos recoge en nuestro desesperado autostop bajo el sol, nos adopta durante un día, nos alimenta y refresca en una playa cristalina sin tener que pagar nada a cambio, y nos lleva casi literalmente hasta la puerta del hostal en sus enormes 4x4 de comodidad indescriptible. Es ahí, entonces, cuando uno recuerda las palabras de Miller acerca de su Papá Dios. Y se plantea si quizás… 

no, no, imposible… ¿Cómo iba a ser eso? -piensa uno incrédulo, entre risas.

Pero es al llegar al aeropuerto con el tiempo apurado cuando nos informan que hemos tenido suerte, pues nuestro vuelo sale con retraso y hemos evitado perderlo por poco.  Pura chiripa... o cosas de Papá Dios, quién sabe. Solo Miller lo sabe.

14 agosto 2010

Casa

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Es curioso que muchas veces uno nota que está en casa antes de llegar a ella, simplemente cuando empieza a aparecer en los detalles más insignificantes, como en las palabras. Uno se sorprende, por ejemplo, cuando en el avión de Bogotá a Madrid las azafatas te ofrecen un zumo y no un jugo. Incluso más aún cuando, al preguntar, descubres que los exóticos sabores a los que por obligación te has tenido que habituar, como el maracuyá, el lulo, el mango o el mandarino, han sido sustituidos por los clásicos españoles naranja o piña. Aburridos, sí, pero familiarmente aburridos. Sobre todo para la estabilidad de tu estómago.


Y es que el avión es en el fondo un limbo extraño donde se diluye y mezcla lo ajeno y lo propio. Los sonoros chaos latinoamericanos se entremezclan entre los rudos adioses castellanos y, más adelante, los suaves adéus catalanes. Por no hablar de la típica familia peninsular de carcajadas sonoras en conversaciones a tanto volumen que pueden escucharse de punta a punta del avión, o las películas dobladas, eso tan típicamente nuestro por mala suerte. Uno empieza, entonces, a captar esos pequeños detalles que casi pasan inadvertidos, pero que te advierten de la vuelta a casa. El lirismo de los acentos latinoamericanos da paso a la prosa de la voz castellana. Los niños son un poco más inaguantables, las familias hablan discutiendo y el inglés del piloto de Iberia es infinitamente más malo. Y es por ello que sabes que te acercas a casa.


Pero de repente escuchas, durante el vuelo de Madrid a Barcelona, que una mujer española comenta a su marido, con un tono algo despectivo, que el avión está "lleno de venezolanos", un más que curioso eufemismo para no utilizar el denostado sudacas. Y a raíz del comentario, te percatas del acento, en realidad colombiano, de la chica del asiento de atrás, o que dos filas adelante dos venezolanos hablan entre sí, algo en lo que no habías caído pese a que hacía tiempo que sus voces se escuchaban de fondo con perfecta claridad. Pese a llevar un buen rato en ese avión, no te habías percatado del acento sudamericano de unos o el tono oscuro de las pieles de otros, aspectos que han pasado a formar parte de lo que consideras familiar. Y es ahí cuando descubres que el término casa en realidad ya nunca será el mismo de antes, y que vuelves a tu casa en Barcelona, sí, pero dejas tu otra casa al otro lado del charco. La que ya forma, sin haberte dado cuenta, parte de tu vida.

13 agosto 2010

El sonido de los helicópteros

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Me despierta lo que creí que había sido un fuerte trueno, uno más de esos que se escuchan en estos meses de lluvias interminables en Bogotá. Recuerdo que pensé que había sido más sonoro de lo habitual, pero seguí durmiendo sin preocuparme. Al rato, suena el teléfono.


"- Àlex, ve corriendo a casa de Leo, ahí está Mauricio. Ha tomado unas primeras imágenes con su cámara, todo el mundo las está pidiendo en Madrid. Sal corriendo y ve hacia ahí ahora mismo!.

-Ok, ok.. en seguida voy hacia ahí… pero.. qué ha pasado?

-¿Cómo?¿No lo sabes??!!.

-Pues no… estaba durmiendo...

-Àlex, han puesto una bomba en nuestro edificio."


Al despejarme tras la súbita noticia, supe al momento que no era una broma, porque escuché helicópteros sobrevolando el barrio. Los helicópteros son siempre un mal presagio. En condiciones normales, su sonido no irrumpe en la ciudad. Solo el caos los atrae. Su vuelo sobre nuestras cabezas supone que algo se ha roto en nuestra normalidad. Igual que el sonido al pisar cristales en el suelo o las sirenas de policía. No es su sitio natural, ni la ciudad para los helicópteros ni nuestras suelas de zapato para los cristales.


Bajo mi calle corriendo y llego a la Séptima, una de las arterias principales de la ciudad, a esas horas habitualmente repleta de busetas, cláxones y gente medio dormida dirigiéndose a sus puestos de trabajo. Ayer el panorama era totalmente diferente. Ni un solo vehículo, gente marchándose del lugar o acercándose a curiosear. Bomberos y policías. Vallas acordonando la zona. Y helicópteros, con ese sonido perturbador.





El acceso al edificio de Caracol Radio, donde Agencia Efe también tiene la sede de su delegación en Colombia y de la Mesa central de América Latina, es imposible. La casa de uno de los fotógrafos de la agencia se convierte en una improvisada redacción. Cuando más tarde por fin nos dejan acceder al edificio, lo primero que hago es agarrar la cámara de vídeo y buscar la manera de llegar al lugar de la explosión. La redacción de Efe está intacta, pero no así el vestíbulo de acceso a la torre donde se ubica, lleno de cristales esparcidos por todas partes, o la entrada a la torre de Caracol, cuyo techo parece aguantar milagrosamente.


Tras varios minutos, consigo llegar a la zona cero, aunque más bien es una zona de guerra en toda regla. Agentes de la Fiscalía escarban entre las cenizas y las piedras, buscando restos del coche. Las oficinas de Bancolombia y el BBVA han literalmente desaparecido. Las paradas de autobús frente a las que estalló el coche-bomba son simplemente esqueletos de metal. No puedo evitar pensar qué hubiera ocurrido si el atentado hubiese pasado una hora más tarde, cuando esa zona empieza a ser un bullicio, y esa idea me incomoda, pues la palabra masacre es lo único que consigo articular, algo que por suerte solo está en mis pensamientos sobre qué podría haber sido. Alzo la vista a los edificios de enfrente, todos viviendas. Sin quererlo, la estampa me trae aquellos recuerdos de niñez de la guerra de Yugoslavia a través de las pantallas de televisión, con los edificios descompuestos, sin cristales en las ventanas, y gente triste mirando a través de ellas. Ayer todos los edificios de Bogotá parecían más viejos, más grises. Cuando vuelvo a bajar la vista, veo entre los agentes de la policía judicial algo en lo que no me había fijado hasta entonces: el agujero de la explosión. Un boquete en el centro financiero de la capital, en uno de los edificios más emblemáticos, en la voz de varios medios de comunicación, en el corazón de todos los bogotanos. Hacía cuatro años que no asistían tan cerca a una escena así.


Por eso, horas más tarde, decenas de ciudadanos se van agolpando paulatinamente en la plaza frente al edificio, convocados por Twitter y otras redes sociales, hasta que el lugar se llena de velas y pancartas en contra del terrorismo. Solo las luces de los vehículos de bomberos y policía que aún permanecen en la zona consigue iluminar más que esos pequeños cirios. Pero uno a uno, consiguen llenar simbólicamente ese agujero en mitad de la ciudad. Acallar las hélices de los helicópteros y apagar el color rojo de las luces de las sirenas de policía. E incluso también silenciar aquel trueno que pareció de una tormenta que nadie esperaba. Aunque hoy me despierte nuevamente con el sonido de los helicópteros, que siguen patrullando una ciudad que tardará tiempo en recuperar su normalidad.













10 agosto 2010

El partido del siglo



No es que un Bolivia-Colombia sea el partido del año, ni siquiera el del mes o el de la semana, y puede que ni tan solo el del día. Seguramente, os importará un comino que Jhon Viáfara sea la referencia de juego de los colombianos, o que los cuatro goles en cuatro partidos de Liga del ex delantero del Steaua de Bucarest Dayro Moreno le conviertan en el máximo peligro del equipo de Hernán "Bolillo" Gómez, entrenador de los "cafeteros", al que ni siquiera lleguéis a conocer. Obviamente os dará igual que el jovencísimo Alcides Peña debute en una selección boliviana con una dupla atacante inédita, dada la baja de su estrella Marcelo Martins, o que el entrenador de la "Verde" no haya convocado a ningún jugador del equipo líder del torneo boliviano, The Strongest, cuyo nombre ocasionaría incluso alguna broma que otra. Hasta podría apostar todos mis ahorros a que os resbala que el jovencísimo delantero Carlos Bacca tenga muchas posibilidades de jugar la Copa América con Colombia, como una de las estrellas emergentes de su país con el Júnior de Barranquilla, ganador del Apertura.


Y os entendería perfectamente, si no fuera porque yo estoy viviendo este partido como la final del Mundial. Y no porque haya dejado de lado a mi Barça y mi pasión por el fútbol andino se haya desatado, no se trata de eso ni mucho menos. La razón se encuentra cuando hace aproximadamente una semana, mientras yo escribía en Bogotá la previa del partido de mañana miércoles, tras asistir a la rueda de prensa del seleccionador colombiano, uno de mis mejores amigos, Victor Sancho, hacía lo mismo desde La Paz. Poco íbamos a imaginar hace un par de años que ambos estaríamos enfrentados por un simple y previsiblemente anodino amistoso de trámite entre Bolivia y Colombia. Pero creedme, esto se ha convertido en una cuestión de honor. Un enfrentamiento a vida o muerte, con el orgullo en juego, la honra, el pundonor, llamadle como queráis. Dará lo mismo lo que penséis, porque para nosotros será un todo o nada. Será, sencillamente, nuestro partido del siglo.



Ficha técnica. Alineaciones probables:

Bolivia: Daniel Vaca; Miguel Hoyos, Edemir Rodríguez, Luis Gutiérrez, Ignacio García; Jaime Robles, Wílder Zabala, Joselito Vaca, Álex da Rosa; Alcides Peña y Diego Cabrera. Seleccionador: Eduardo Villegas.

Colombia: Breiner Castillo; Carlos Valdés, Juan David Valencia, Alexis Henríquez, Iván Vélez; Jhon Viáfara, John Javier Restrepo, John Valencia, Dórlan Pabón; Carlos Bacca y Dayro Moreno. Seleccionador: Hernán Darío Gómez.

Árbitro: Gabriel Fabale (ARG).

Hora: 19.00 (23.00 GMT).

Estadio: Hernando Siles de La Paz, situado a 3.600 metros de altura y con capacidad para 40.000 personas.

01 agosto 2010

El significado de las palabras

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Y me dio por pensar, algo que no está mal hacer de vez en cuando. Siempre me pasa igual cuando hago ese trayecto interminable, desde el valle en el que se agazapa Medellín hasta el aeropuerto de Rionegro. Encontrar un hueco para meditar en esos tres cuartos de hora que dura el viaje en taxi es más que fácil. Esta vez, acompañado de Maria Paula. Otras veces solo. No importa, siempre hallo unos segundos, unos minutos, lo que sea, para remover el desordenado trastero de mi cabeza, mientras serpenteo por la carretera que escala los cerros de esa ciudad.


Explicaba que me dio por pensar. Me vino a la cabeza el tiempo que ya ha pasado, y más aún en el poco que me (nos) queda. De repente, me di cuenta que en un mes dejaría de sumar, para empezar a descontar. Que cuando volviera de vacaciones ya solo quedarían tres meses y medio, poco más. Y una sensación extraña me ascendió por la garganta, como cuando a uno se le repite entre sábanas una cena demasiado copiosa.


Pues eso, que sin pensarlo, pensé. Y recordé cuando Victor Sancho era un solo aquel chico de último año de carrera, un curso más que yo, con el que improvisaba programas de radio cuando los dos nos quedábamos solos en el estudio después de clase. Y cómo se me entrecortaba la respiración cuando él me explicaba que debía escoger en qué país del extranjero hacer el segundo año de aquella beca que entonces yo desconocía. Él hablaba con familiaridad de El Cairo o La Paz, como si solo se trataran de estaciones de Metro donde bajarse. A mí, en cambio, todo eso me quedaba demasiado lejos, como un espejismo algo borroso, irreal. En realidad, yo le envidiaba en secreto, en silencio, de una forma casi cainita.


Miro por la ventanilla del taxi, pero sin enfocar nada en concreto del paisaje verde (aquí, como ocurre en el Polo Norte con los blancos, he aprendido a diferenciar entre tipos de verdes). Sí logro constatar de reojo que Medellín se empequeñece desde lo alto de los cerros, mientras en esta particular tanda de flashbacks de carretera, un Joan demasiado preguntón, una desconfiada Nina callada en una esquina de la mesa de reuniones y una Carola entonces exóticamente pelirroja se sientan enfrente mío. Alba, Alejandra y Victor a mi derecha. Y ante los siete, dos años de beca por delante. Dos años… una eternidad, vamos. Como cuando los niños piensan en qué profesión tendrán cuando sean adultos, pero sin saber exactamente qué significa esa palabra tan barroca.


Y es ahí a donde quería llegar, al significado de las palabras. En aquel entonces, hablar de dos años era un sinónimo de infinito, de un largo camino por delante. De lo que iba a ser. Ahora, pensar en esos dos años es hacerlo, sobre todo, en base a lo que sido, en lo que ya ha pasado. Me acuerdo en cómo dudaba sobre si escoger Colombia, por lo que significaba entonces. Casi dos años después, ya nada es lo mismo ni volverá a serlo. Ni Colombia, ni las calles de Bogotá, ni las noches de Medellín, lugares que ahora me resultan tan extrañamente familiares. Todo tiene un nuevo significado. Incluso Barcelona, y mucho más Madrid. Tampoco los sueños son los que eran. Muchos de ellos, tiempo atrás inconcebibles, se han cumplido. Otros tantos se han generado a partir de esos. Algunos se han aplazado y puede que otros se hayan esfumado sin saberlo. Las cosas han cambiado. El pasado, el presente y, especialmente, el futuro.


Amigos. Distancia. Sueños. Amor. Abrazo. Cielo. Hogar. Recuerdo. Camino. Futuro. Simples palabras, aunque al final todo reside en el significado que les concedamos. O eso pensé, vaya.

18 junio 2010

Guerrero


Cuenta que esa pesadilla se le ha repetido ya varias veces. Que yace entre el espesor de la jungla, en el frente de batalla, mientras el caos campa a su alrededor. Que el enemigo está cerca, pero su arma, su ametralladora, su seguro de vida, no responde. La desmonta, la revisa y trata de arreglarla a marchas forzadas mientras el tiempo se le agota, con el enemigo y la angustia rodeándole. Pero por mucho que lo intenta, su arma sigue sin disparar. Una y otra vez, el mismo sueño repetido a su antojo, como reposiciones de una mala película que se proyectan macabramente simplemente cuando a ella más le apetece. Asegura que no es el único al que le ocurre, que otros oficiales "viejos" como él, que apenas llega a los cuarenta, han tenido exactamente el mismo sueño acongojante. Que la guerra, aunque a él no le gusta llamarla así para no darle al enemigo un estatus que "no se merece", acaba regresando de la manera más inesperada, pasando factura hoy en forma onírica, mañana en secuela física, como cuando la espalda se le agarrota de repente hasta dejarle paralizado o cuando sus tímpanos pierden progresivamente audición por aquella mina que le explotó tan cerca que casi mató a su propia sombra. Recuerda, como mofándose de sí mismo, que se unió al Ejército a los 16 años cuando, aún adolescente, dejó atrás sus intenciones de estudiar Medicina para abrazar aquel "casco" que tanto le atraía. Y aunque admite que era un iluso que entonces "no sabía ni que existían los grados", lo que sí sabe ahora es que eso se ha convertido en su pasión, que ha sido su única vida y lo será hasta su muerte. Una muerte que, mientras tanto, le va cobrando intereses por adelantado, sonriendo en silencio en el espesor de esa jungla entre sábanas, disfrazada de pistola encasquillada en una pesadilla que se frota de manos y se carcajea cada vez que a él se le empiezan a cerrar los párpados en el más inocente de los sesteos.




La imagen es de Mauricio Dueñas (Agencia EFE), durante el despliegue del dispositivo militar en Bogotá y alrededores para las elecciones presidenciales 2010. Otras fotos, aquí, y el vídeo, aquí

10 junio 2010

Limpiabotas

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Viste un mono azul, desgastado y tristemente desaliñado. Intento mirarle los ojos en varias ocasiones pero, desde mi posición elevada, su vieja y deformada gorra solo deja entrever algunos mechones de pelo grisáceo, a juego con una descuidada barba. Sus dedos, ennegrecidos por el betún, se mueven casi a velocidades supersónicas creando una difusa acuarela oscura de movimientos espasmódicos, solo rotos por una tos carraspeante que le obliga a encorvar más su figura. Una silueta triste, desvencijada en cada centímetro de su cuerpo, menos en una de sus partes: los zapatos.


Limpios. Bellos. Relucientes. No son unos zapatos caros, todo lo contrario. Más bien diría que merecen una jubilación anticipada por acumulación de pasos y penas en la vida. Pero sin embargo, me doy cuenta que no tienen ni una sola y diminuta mancha. Ni un gris o un marrón que rompa un negro perfecto, liso e incorruptible. Es curioso que ese hombre, que parece que hiciera ya mucho tiempo que su aspecto no le genera demasiados quebraderos de cabeza, quizá porque ya no cabían más preocupaciones en sus bolsillos, exhiba en cambio tal belleza en sus talones. No es para menos. De ello depende su sueldo y su sustento.


Ese limpiabotas, cuyo nombre no importa en esta historia, pues a su alrededor se acumulan casi una docena de iguales, que se multiplican en cada plaza de esta ciudad sin fin, no levanta la mirada en ningún momento de mi cuarenta y seis. No soy yo persona de sentarme a que me lustren las alpargatas, pues en el fondo me produce una sensación de incomodidad con reminiscencias al Amo y su vasallo. Pero aquí, en Bogotá, no es algo tan extraño, y mis zapatos suplicaban a gritos recuperar algo de autoestima. Así que, casi obligado, me senté en su humilde trono acolchado y, bajo una sombrilla de colores, observé atentamente y en silencio durante casi un cuarto de hora cómo aquel hombre rejuvenecía mi calzado.


También miré a aquellos gentilhombres cercanos a mí a los que otros desvencijados limpiabotas retornaban la dignidad a su caminar. En sus miradas y sus gestos podía observarse lo rutinario de aquella acción, como si los lustradores fueran ya invisibles para ellos. Puede que fuera por mi posición de primerizo en la cuestión, pero me dediqué a escudriñar a la persona que se agazapaba a mis pies. Si no me hubiera fijado bien, hubiese pensado que en realidad quería acabar el trabajo rápido y tampoco se detenía a adecentar mis botines con demasiada precisión. Y en efecto, hubiera estado totalmente equivocado. Cuando mis ojos se acostumbraron a la rapidez de sus movimientos, fue casi como si el tiempo se detuviera, y entonces lo vi claro. Aquel hombre, aquel artesano del betún, acariciaba la piel de mi zapato como si de una amante se tratara, y la halagaba con las palabras más bellas y los gestos más exquisitos. Cepillaba sus arrugas como si de un anciano enamorado de su esposa se tratara, limpiaba sus asperezas como el hijo más agradecido, y limaba sus contornos desgastados hasta tornarlos tan perfectos como el pompis de un querubín alado. Tan bien lo hizo que, al final, mis zapatos se sonrojaron, pero no como lo hacemos las personas, sino como lo hacen los mocasines nuevos y coquetos, tiñendo sus mejillas de un elegante e impecable negro luminoso.


Me di cuenta, entonces, que quizá no eran mis zapatos los únicos que hacía demasiado tiempo que lucían tristemente desgastados y deshilachados, sino que puede que yo mismo llevara ya demasiado tiempo raído por dentro, pero sin hacer nada por deshollinarme. Y fue entonces cuando decidí que ya era hora de buscar un limpiabotas para mi propia alma en la plaza más próxima y lo antes posible. Ya tocaba.

31 mayo 2010

De Olas, Tsunamis y otros milagros

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Sede electoral del Partido Verde durante la tarde de los comicios del domingo 30 de mayo


Tras la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, la conclusión evidente es que a la Ola Verde se la zampó un Tsunami llamado Juan Manuel Santos. Chorreando desconcierto tras el Derechazo que suponen 25 puntos de diferencia, los seguidores de Mockus no paran de darle vueltas al asunto, preguntándose cómo ha podido ocurrir este Armagedón, si hace pocos días todo parecía soplar a favor y la orilla se veía tan clara.


No han tardado en salir los ecos que braman acerca de un fraude electoral en muchas regiones o sobre los mecanismos que se han activado desde el oficialismo para que su Delfín nade tranquilo hasta las paradisíacas aguas de la Casa de Nariño. Pero por mucho que esos factores existan en mayor o menor medida y hayan tenido su peso en el resultado, no lo dudo, bajo mi punto de vista han influenciado mucho más los errores propios que el candidato verde ha cometido a lo largo de la campaña, y que ya se intuía, desde hacía tiempo atrás, que le acabarían pasando factura, aunque ésta haya llegado en preocupantes números rojos y en cifras de seis ceros, y con un aviso de suspensión de luz y agua.


Seamos sinceros tanto para lo bueno como para lo malo. Mockus es un soplo de aire fresco en la política tan mediática a la que para nada estamos acostumbrados a uno y otro lado del charco. Alejado de la politiquería, la guerra sucia, la corrupción y los mensajes idiotas para votantes idiotizados, él quiere enseñar a la gente a reflexionar, a pensar por sí misma, a que el país y las personas que lo forman sean mejores y, lo más importante, quieran ser mejores. Un superdotado para el pensamiento, pero un minusválido para transmitirlo. Quizá sus ideas sí lleguen a los votantes más formados, a la juventud universitaria y a la población urbana de estratos medios y altos. Pero no para el resto, que desafortunadamente, son la mayoría de este país.


Volvamos a la idea principal: sus propios errores, la paja en el ojo propio. El primer desacierto ha sido no concretar sus propuestas. Ha abusado demasiado de los cánticos en coro y lemas repetidos hasta la saciedad, como "la vida es sagrada" o "con educación todo se puede". Todo muy bonito, bañado en una marea de girasoles y lápices al viento. Pero al final, lo que la gente necesita son propuestas. Santos prometió crear equis empleos, hacer esto y aquello, mientras Mockus parecía a veces más bien un manual de autoayuda que un futuro jefe de Estado. Quizá su problema recae en que es incapaz -y lo digo con toda convicción- de mentir al electorado y hacer promesas baldías. No se trata de eso, Antanas. No se trata de mentir y prometer una plaza de aparcamiento gratis en el Paraíso a los colombianos. Se trata de, al menos, jugársela y concretar cosas tangibles. No solo recordar lo sagrada e importante que es la vida en un país donde a menudo nadie lo recuerda, sino también recalcar que se quiere acabar con las FARC y cómo pretende hacerlo. Concretar y proponer, en resumen.


Tampoco ha querido entrar en la guerra sucia y los ataques indiscriminados. Pero, como decía hoy el genial caricaturista Vladdo en su cuenta de Twitter, por querer alejarse de la politiquería, Mockus ha dejado de ser político, que es de lo que al final se trata todo esto. En ese mundillo, y no hay más secreto, tan importante es ganar como que el rival pierda o, al menos, gane menos que tú. Mockus se ha negado a entrar en ataques al resto de candidatos -cosa que le honra-, pero ha confundido la idea. No hablo de atacar de forma bruta al adversario, pero Santos era el filón de las sombras del Gobierno uribista, que Mockus ha dejado escapar. No hablo de ensuciar, sino de resaltar a los votantes aquello de lo que cojea su rival, salpicado por multitud de controversias. Empezando por los desplazados por la guerra y los "falsos positivos" (para quien no esté familiarizado con este término, ejecuciones extrajudiciales -término políticamente correcto para hablar de puros y duros asesinatos- de jóvenes civiles, la mayoría de zonas humildes, a manos de militares que los presentaban como guerrilleros muertos en combate para lograr beneficios de sus superiores. La cifra supera los 2.000 muertos en todo el país, según la Fiscalía, y se dieron durante el mandato de Santos como ministro de Defensa, aunque él no fuera el responsable directo) y acabando por el bombardeo a un campamento de las FARC en selva ecuatoriana, motivo de las aún relaciones rotas con el país vecino, o las escuchas del servicio de inteligencia a opositores, magistrados, activistas o periodistas, las llamadas "chuzadas". Son los hechos más significativos de una lista negra que Mockus desaprovechó, cosa que sí hizo, entre otros, el candidato del Polo Democrático Alternativo, Gustavo Petro, con elegancia y sin necesidad de entrar en los bajos fondos de la política embarrada. O sea, recopilando, Mockus dejó escapar vivito y coleando a su rival, con tanta bondad que ni siquiera se defendió en muchas ocasiones de los ataques que este le profirió.


Tampoco le ha beneficiado a Mockus (filósofo, matemático y, por si no fuera bastante, niño prodigio) el formato de los debates, que en Colombia alcanzan su máxima expresión y se han dado hasta en una docena de ocasiones en distintos canales. Mientras el modelo "respuesta en un minuto" ha permitido que candidatos como Santos, Petro o Vargas Lleras (de Cambio Radical, que junto a Petro ha sido el gran ganador de los debates) hayan podido desplegar toda su capacidad oratorio-retórica, lograda en años de pelea en la arena del Gobierno, el Congreso y el Senado, Mockus ha aparecido como un aspirante al que le costaba exponer sus ideas y se perdía en un mar sin rumbo. Nadie sabía dónde quería llegar cuando empezaba una respuesta que, obviamente, nunca finalizaba como él quería, pues la cuenta atrás siempre expiraba antes que sus palabras. No es que no sepa expresarse, sino que sus respuestas tienen demasiada profundidad para ese formato y, peor aún, piensa antes de responder (¡Ah! ¡bendito defecto!). Yo no se lo echo en cara, pero entiendo que los electores necesiten ideas más fáciles de entender. Quizá Mockus quiera enseñarles a ir más allá, pero para eso primero debe ganar y ser el que tome las decisiones que cambien la cultura de este país.


Por último, si bien es cierto que el Dream Team de algunos de los mejores alcaldes en la historia del país que forman parte del equipo dirigente del Partido Verde (la tripleta atacante Mockus, Enrique Peñalosa y Luis Eduardo "Lucho" Garzón en Bogotá, y el organizador de juego Sergio Fajardo, otro matemático que como alcalde transformó Medellín, y ahora aspirante a la vicepresidencia) ha conseguido movilizar a una masa de votantes, la mayoría jóvenes, normalmente apáticos con la política y que se han implicado con una pasión que yo pocas veces he podido observar, lo cierto es que esta movilización ha sido menor de la esperada. Casi la mitad del electorado se ha abstenido, una tendencia habitual, pero que en estas elecciones parecía que se iba a revertir y alcanzar un 70% de participación, según las previsiones de las encuestas que, dicho sea de paso, son las grandes perdedoras de los comicios. Como pasa en España y en muchos países del mundo, la derecha es mucho más fiel y se moviliza con un solo chasquido de dedos, mientras que electorado "de izquierdas" o progresista es mucho más holgazán. Mockus ha sacado a votar a muchos, sí (hace meses no superaba el 3% en las encuestas), pero no a tantos como se auguraba.


En definitiva, y haciendo un símil balompédico, Mockus ha sido como el Guardiola cuyo Barça del jogo bonito, del juego de equipo, del tiqui taca hasta las últimas consecuencias, siempre es fiel a su estilo aunque el resultado final pueda ser la caída, con honor, pero caída al fin y al cabo. Santos, por contra, es como el Mourinho de la política, el líder único y total, capaz de generar afinidades y odios a partes iguales, un brillante comandante para el que lo realmente importante es el fin, siempre el fin y solo el fin. Recordemos que el Inter de Mou ganó la última Champions League, eliminando al Barça en semifinales, aunque fuera a costa del espectáculo y el buen juego, y con medios algo maquiavélicos. De repente me he dado cuenta que no me gustan las metáforas, así que mejor dejemos este símil aparcado.


¿Qué necesita Mockus para ganar en segunda vuelta y remontar una eliminatoria que ahora mismo está cuatro goles por encima en el marcador? En mi opinión, el matemático Mockus debe ser capaz de resolver la ecuación más difícil de su vida y de hacer converger tres ejes hoy por hoy en las antípodas unos de los otros: por un lado, tener la suerte que muchos de los votantes santistas, seguros de la victoria más que probable, se queden en sus casas un domingo durmiendo o sacando rendimiento a su sofá, lo que reste algo de porcentaje al Partido de la U y le sume un poco de ¡Oh! a los Verdes. Por otro lado, importante pero no suficiente, concentrar en esa segunda vuelta del 20 de junio el máximo de votantes de otros partidos que ya no concurren, muchos de los cuales ya planeaban votarle en el segundo round electoral, confiados de que la diferencia sería mínima, casi un empate técnico. Y por último, y esto sí resulta clave, movilizar esa masa abstencionista que alcanza el 51%, y que es un vivero de votantes potenciales. Quizá el voto del miedo a Santos espolee a muchos de los que no acudieron a las urnas, al ver las orejas al Lobo. Pero si Mockus pretende realmente dar un vuelco a lo que hemos visto en esta primera vuelta, debe ponerse las pilas y mejorar todos los aspectos de los que hemos hablado a lo largo de este extenso post, al que por cierto las firmas encuestadoras colombianas aseguran que será el más leído de la semana en todo Internet. Casi un milagro (tanto lo uno como lo otro), pero es que la política, al final, poco tiene de matemática y ciencia exacta, y mucho de pasión injustificada y esperanza desmesurada. Y eso, la esperanza, es lo último que se pierde y, si puede ser, por menos de 25 puntos de diferencia.





Arriba, Juan Manuel Santos durante una entrevista con EFE. Abajo, Antanas Mockus,
en el acto posterior a la marcha indígena en favor de su candidatura en Ibagué (Tolima)

25 mayo 2010

Olas


Verde. Amarillo. Azul.

No son solo colores. Son más que eso.

Son olas. Unas crecen hasta su orilla, otras mueren en el mar.














Las fotografías corresponden a la marcha indígena a favor de Antanas Mockus (Partido Verde) en Ibagué (Tolima) y a los cierres de campaña de Gustavo Petro (Polo Democrático Alternativo) en la Plaza Simón Bolívar de Bogotá, y de Noemí Sanín (Partido Conservador) en Soacha.

17 mayo 2010

Espejismo

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Me detengo, y cuando alzo la vista, una llovizna me obliga a cerrar los ojos, mientras me empapa la cara casi sin darme cuenta. Todo parece ir más despacio en esta ciudad tomada por el caos habitualmente, pero que hoy se escenifica a sí misma con una melancolía inusual. Camino lentamente por calles semivacías que a diario escupen gente en todas direcciones, pero en las que, en esta tarde que ya se consume, hasta los edificios se han decidido a mostrarse más desgastados, más alicaídos, como si fueran ancianos cansados de la vida que se pasan sus últimos días gruñendo en un sillón polvoriento.


Voy sin rumbo, simplemente subiendo y bajando, serpenteando y atajando, con la única premisa de no ir a ninguna parte. Qué tarde tan gris, tan silenciosa, pienso en voz baja. Los niños gritan menos y hasta las gotas chocan contra el pavimento sin querer hacer demasiado ruido. Incluso, y es lo más raro de todo, el usual colapso de cláxones y frenazos se ha evaporado de muchas de las calles, ahora despejadas y apenas transitadas por un par de busetas de cristales empañados y a través de los cuales puedo intuir las miradas perdidas de los pasajeros. Toda la ciudad, sin excepción, se ha convertido en un interminable suspiro ahogado.


A lo lejos, un mercadillo de libros de páginas desgastadas y baratijas varias aparece como un oasis en medio de toda esta pesada languidez, aunque quizá solo sea un espejismo. Remuevo tapas arrugadas de colores ocre y tomos desordenados, regateo precios sin demasiadas ganas y me dejo calentar durante unos minutos por las viejas bombillas amarillentas que iluminan, a pocos centímetros de mi cara, toda esa biblioteca ambulante. Y al final, me alejo con Hemingway, Kundera y Saramago bajo el brazo, mientras un café para llevar me hace más tibio el final de una tarde tan extraña como necesaria. Como si en el fondo no hubiera sido más que un largo suspiro, que hacía ya demasiado tiempo que guardaba, contenido, dentro de mí. O quién sabe. Quizá todo esto no fuera más que un espejismo.



09 mayo 2010

Miguel Bosé, ya colombiano, desboca el corazón de sus compatriotas con "Cardio"

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(Foto: Leonardo Muñoz / EFE)


Àlex Cubero

EFE, Bogotá


Como si quisiera devolver el regalo de su reciente adquirida nacionalidad colombiana, el cantante español Miguel Bosé hizo desbocar el corazón de sus ya compatriotas con un espectacular concierto en Bogotá, en el inicio de su gira "Cardio", tras su paso previo por Medellín en la víspera. Con un impresionante montaje, en el que dos pantallas gigantes y una estructura circular de unos seis metros de diámetro colgada del techo se encajaban y desencajaban, en medio de un derroche de imagen y color, el público bogotano latió a velocidades insospechadas ante un Bosé pletórico e incansable durante cerca de tres horas de concierto. Acompañado de tres bailarines y como si hubiera probado el elixir de la eterna juventud, el cantante exhibió coreografías que añadieron espectacularidad a un show que repasó grandes éxitos de su carrera, además de presentar los nuevos temas de "Cardio", el álbum que da nombre a su gira.


Y es que los latidos de sus fanáticos pasaron de cero a cien en un increíble arranque en el que el aumento de pulsaciones al son de dos de los nuevos temas de su nuevo disco, "Ayurvedico" y "Cardio", levantaron a los congregados en el coliseo de El Campín. Al grito de "buenas noches, compatriotas", Bosé se entregó en cuerpo y alma con una veintena de canciones como "Nena", "Dame argumentos", "Júrame", "El perro", "Eso no" o "Por ti". Pero el éxtasis llegó con el repaso a míticos temas como "Morena mía" o "Sevilla", en el que absolutamente todo el público movió los brazos al mismo ritmo que Bosé, en una conexión con el cantante que no se rompió en toda la velada.


Un espectáculo en el que el público también intimó con las letras de "Hay" o "Down with love", en las que un quirúrgico Bosé llegó hasta el fondo del alma de su público colombiano. "Cuanto nos gusta a cada uno de nosotros decir a alguien que eso lo haces por esa persona, pero cuanto cuesta", dijo en un instante del concierto el cantante, aunque en su caso el grado de comunión fue tal con sus seguidores que casi pareció que le estuviera cantando a cada uno de ellos personalmente. Como el "ay, ay" de su canción "Estuve a punto de", los asistentes casi sintieron un respingo cuando en el segundo bis de la noche, Bosé resucitó "Amante bandido", uno de sus temas más conocidos y exitosos y que permitió elevar la temperatura y los decibelios de la capital de Colombia.


Bosé, que obtuvo hace un mes la nacionalidad colombiana, también tuvo tiempo para recordar su compromiso social, cuando recordó a los desplazados por las guerras y la pobreza, ante los que "seguimos estáticos" mientras "la tierra tiembla, los volcanes estallan y el mundo se sacude". "Canta por lo que creas y nunca dejes de cantar", exclamó el artista ante una ovación estruendosa que se repitió infinitas veces a lo largo de la noche por parte de un público formado en gran parte por mujeres. Y es que a horas del Día de la Madre en Colombia, que se celebra este domingo, el hijo recién adoptado de esta nación entregó un regalo envuelto en lo mejor de sí mismo, para agradecer la acogida de un país al que nunca ha faltado desde que en los años setenta empezara su andadura musical. Precisamente, con un "Te amaré" cantado al unísono con todo su público y apretando emocionado la mano contra su pecho, Miguel Bosé se despidió de Bogotá y de un país al que, nuevamente, robó el corazón y con el que alargó un idilio que con el paso de los años se afianza con mayor pasión.






La crónica publicada, aquí, y el vídeo del concierto, aquí)




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