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18 junio 2010

Guerrero


Cuenta que esa pesadilla se le ha repetido ya varias veces. Que yace entre el espesor de la jungla, en el frente de batalla, mientras el caos campa a su alrededor. Que el enemigo está cerca, pero su arma, su ametralladora, su seguro de vida, no responde. La desmonta, la revisa y trata de arreglarla a marchas forzadas mientras el tiempo se le agota, con el enemigo y la angustia rodeándole. Pero por mucho que lo intenta, su arma sigue sin disparar. Una y otra vez, el mismo sueño repetido a su antojo, como reposiciones de una mala película que se proyectan macabramente simplemente cuando a ella más le apetece. Asegura que no es el único al que le ocurre, que otros oficiales "viejos" como él, que apenas llega a los cuarenta, han tenido exactamente el mismo sueño acongojante. Que la guerra, aunque a él no le gusta llamarla así para no darle al enemigo un estatus que "no se merece", acaba regresando de la manera más inesperada, pasando factura hoy en forma onírica, mañana en secuela física, como cuando la espalda se le agarrota de repente hasta dejarle paralizado o cuando sus tímpanos pierden progresivamente audición por aquella mina que le explotó tan cerca que casi mató a su propia sombra. Recuerda, como mofándose de sí mismo, que se unió al Ejército a los 16 años cuando, aún adolescente, dejó atrás sus intenciones de estudiar Medicina para abrazar aquel "casco" que tanto le atraía. Y aunque admite que era un iluso que entonces "no sabía ni que existían los grados", lo que sí sabe ahora es que eso se ha convertido en su pasión, que ha sido su única vida y lo será hasta su muerte. Una muerte que, mientras tanto, le va cobrando intereses por adelantado, sonriendo en silencio en el espesor de esa jungla entre sábanas, disfrazada de pistola encasquillada en una pesadilla que se frota de manos y se carcajea cada vez que a él se le empiezan a cerrar los párpados en el más inocente de los sesteos.




La imagen es de Mauricio Dueñas (Agencia EFE), durante el despliegue del dispositivo militar en Bogotá y alrededores para las elecciones presidenciales 2010. Otras fotos, aquí, y el vídeo, aquí

10 junio 2010

Limpiabotas

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Viste un mono azul, desgastado y tristemente desaliñado. Intento mirarle los ojos en varias ocasiones pero, desde mi posición elevada, su vieja y deformada gorra solo deja entrever algunos mechones de pelo grisáceo, a juego con una descuidada barba. Sus dedos, ennegrecidos por el betún, se mueven casi a velocidades supersónicas creando una difusa acuarela oscura de movimientos espasmódicos, solo rotos por una tos carraspeante que le obliga a encorvar más su figura. Una silueta triste, desvencijada en cada centímetro de su cuerpo, menos en una de sus partes: los zapatos.


Limpios. Bellos. Relucientes. No son unos zapatos caros, todo lo contrario. Más bien diría que merecen una jubilación anticipada por acumulación de pasos y penas en la vida. Pero sin embargo, me doy cuenta que no tienen ni una sola y diminuta mancha. Ni un gris o un marrón que rompa un negro perfecto, liso e incorruptible. Es curioso que ese hombre, que parece que hiciera ya mucho tiempo que su aspecto no le genera demasiados quebraderos de cabeza, quizá porque ya no cabían más preocupaciones en sus bolsillos, exhiba en cambio tal belleza en sus talones. No es para menos. De ello depende su sueldo y su sustento.


Ese limpiabotas, cuyo nombre no importa en esta historia, pues a su alrededor se acumulan casi una docena de iguales, que se multiplican en cada plaza de esta ciudad sin fin, no levanta la mirada en ningún momento de mi cuarenta y seis. No soy yo persona de sentarme a que me lustren las alpargatas, pues en el fondo me produce una sensación de incomodidad con reminiscencias al Amo y su vasallo. Pero aquí, en Bogotá, no es algo tan extraño, y mis zapatos suplicaban a gritos recuperar algo de autoestima. Así que, casi obligado, me senté en su humilde trono acolchado y, bajo una sombrilla de colores, observé atentamente y en silencio durante casi un cuarto de hora cómo aquel hombre rejuvenecía mi calzado.


También miré a aquellos gentilhombres cercanos a mí a los que otros desvencijados limpiabotas retornaban la dignidad a su caminar. En sus miradas y sus gestos podía observarse lo rutinario de aquella acción, como si los lustradores fueran ya invisibles para ellos. Puede que fuera por mi posición de primerizo en la cuestión, pero me dediqué a escudriñar a la persona que se agazapaba a mis pies. Si no me hubiera fijado bien, hubiese pensado que en realidad quería acabar el trabajo rápido y tampoco se detenía a adecentar mis botines con demasiada precisión. Y en efecto, hubiera estado totalmente equivocado. Cuando mis ojos se acostumbraron a la rapidez de sus movimientos, fue casi como si el tiempo se detuviera, y entonces lo vi claro. Aquel hombre, aquel artesano del betún, acariciaba la piel de mi zapato como si de una amante se tratara, y la halagaba con las palabras más bellas y los gestos más exquisitos. Cepillaba sus arrugas como si de un anciano enamorado de su esposa se tratara, limpiaba sus asperezas como el hijo más agradecido, y limaba sus contornos desgastados hasta tornarlos tan perfectos como el pompis de un querubín alado. Tan bien lo hizo que, al final, mis zapatos se sonrojaron, pero no como lo hacemos las personas, sino como lo hacen los mocasines nuevos y coquetos, tiñendo sus mejillas de un elegante e impecable negro luminoso.


Me di cuenta, entonces, que quizá no eran mis zapatos los únicos que hacía demasiado tiempo que lucían tristemente desgastados y deshilachados, sino que puede que yo mismo llevara ya demasiado tiempo raído por dentro, pero sin hacer nada por deshollinarme. Y fue entonces cuando decidí que ya era hora de buscar un limpiabotas para mi propia alma en la plaza más próxima y lo antes posible. Ya tocaba.

23 abril 2010

Miradas en blanco y negro en una Colombia teñida de rojo


Con los incómodos disparos de su cámara como única arma, el fotoperiodista colombiano Jesús Abad Colorado trata de destapar con una mirada en blanco y negro esa Colombia teñida de rojo por el conflicto interno que la desangra, ese "espejo roto" al que ciudadanos, medios y políticos parecen no querer mirar. Una guerra en la que confluyen guerrilla, Ejército, narcotraficantes y paramilitares, oculta bajo el velo de la banalización de los medios, el silencio de los gobernantes y el agotamiento de la ciudadanía, que enmudecen los gritos de desesperación de miles de colombianos salpicados a diario por el conflicto armado. Sin embargo, como en una de sus fotografías, Abad es esa niña de mirada descarada que observa directamente a la cámara a través de un agujero de bala en uno de los cristales de la ventana de su casa.


"Creo que el dolor de los desplazados, de las masacres y de tanta tragedia que vivió Colombia saturó de alguna manera a la gente, no querían ver más", dice Abad. "Pero cuando uno tiene la posibilidad de mirarse en el espejo que ha dejado la guerra, un espejo roto que nos está reventando en la cara, ve eso enfrente y todo el dolor que ha producido, yo creo que debe preguntarse: quiénes nos han gobernado y han permitido que esto llegue hasta aquí?".


Dieciséis años de imágenes en blanco y negro para hacer reflexionar a los colombianos, pues fue precisamente esa carencia de reflexión y de análisis lo que le llevó a abandonar el periodismo en los medios de comunicación e iniciar un camino en solitario con el fin de detenerse a "narrar", a estar "al lado de los que más han sufrido". Y es que triste de que los periodistas olviden su profesión y se limiten a acusar a narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares como únicos causantes del conflicto, Abad se pregunta cuál es la responsabilidad del Estado y los políticos, impunes en un país en que "periodismo y poder van de la mano". "Lo que hago -recalca- es documentar los hechos desde todas sus caras y facetas, no para decir quién es peor o quién es mejor, sino para mostrar los efectos perversos que tiene la guerra sobre la vida colombiana. El periodismo no es para ver solo con un ojo".


Por ello, con su cámara trata de reflejar todos los aspectos y consecuencias del conflicto, ya sea desde la más cruel de las muertes a la más esperanzadora de las sonrisas de un niño cuya familia sufre los efectos del desplazamiento forzoso, pero fotografiando siempre desde la ausencia de todo color, como si quisiera evitar cualquier desvío de atención y mostrar solo la realidad cruel de un conflicto que a veces se torna invisible, camuflado por esa Colombia que parece ser solo "pasión" según los medios y el Gobierno, pero que "más allá de cascadas, arco iris y bosques" oculta comunidades que son desplazadas y asesinadas a diario. "No es justo que la gente pierda el territorio y la vida con el silencio de los medios", lamenta este fotoperiodista de Medellín, que admite haberse sentido "muy solo", sobre todo por no poder llegar a muchos lugares en los que se debe contar lo que está sucediendo.


Cuando finaliza una de sus conferencias en el II Congreso Mundial de Trabajo Psicosocial en Desaparición Forzada, Procesos de Exhumación, Justicia y Verdad, que se ha celebrado estos días en Bogotá, un grupo de mujeres se acerca a Abad y le ruegan que acuda a Nariño, una de las regiones colombianas más azotadas por la guerra, para documentar las injusticias y atrocidades que ahí se están produciendo. Abad les entrega su contacto y les promete acudir lo antes posible para ayudar a destapar otro silencio más. En definitiva, para que el rojo invisible de Colombia se haga evidente en el blanco y negro de su mirada.


(La entrevista publicada completa, aquí, y el vídeo, aquí)


16 febrero 2010

Payaso



Está demasiado acostumbrado a que ni siquiera le miren, por lo que apenas levanta la vista de su carro de vicios a bajo precio cuando cobra el importe de una cajetilla de cigarros a ese grupo de amistad exagerada por tragos de limón y sal.


En el Edén de los sentidos, en el que las más bellas musas de la noche se contornean al son de ritmos tropicales, él es un molesto grano matutino en un rostro demasiado perfecto. No es su sitio, pero a nadie parece interesarle lo más mínimo. Menos aún a ese guapo de sonrisa perfecta, que podría congelar el tiempo si se lo propusiera, pero que no se molesta en perder unos míseros segundos para darle las gracias por los chicles que acaba de comprarle. Sin embargo, él no parece ofenderse. Encorva la mirada tanto como lo está su espalda, y se pierde en la oscuridad de una esquina anónima, como queriendo evitar estropear ese magnífico cuadro de los más lindos trazos jamás pintados, en el que nunca debió estar invitado.


Resulta casi insultante verle vestido con ese disfraz de preso de western a rayas negras y blancas, con la cara pintada como un payaso desfigurado y arrastrando los pies como si la vida fuera ya en sí misma una condena perpetua. Forma parte del divertimento de un circo cruel de sábado noche, que se mofa de su joroba amaneciente, sus orejas desplegadas al viento y su mueca de insatisfacción permanente, teñida de forma desmañada en rojo y blanco. Pero él no se inmuta. Agarra su carrito y lo empuja torpemente hasta el único lugar en el que se siente tranquilo entre el barullo discotequero. Junto a la única persona que no aparta la mirada cuando se cruza en su camino. Junto a la mujer que, siendo la más bella de todas, no parece juzgarle nunca. Aunque en realidad sepa que no es más que una imagen publicitaria en papel, cuya luz le eclipsa del resto del mundo. Pero esa es precisamente la única sensación que consigue no incomodarle en toda la noche.



03 febrero 2010

"Diosito"


Decir su nombre no tendría ningún sentido,

pues casos como el suyo existen en todos los idiomas posibles.



Habla del mismo modo que conduce ese minúsculo taxi, con tranquilidad y paciencia, algo inaudito en esta ciudad-caos. De repente, otro vehículo amarillo surge inesperadamente de un callejón nocturno y cruza a toda velocidad, lo que le obliga a frenar en seco. Maldice con educación, aunque le resta importancia. "Estoy tranquila. Mi Diosito va siempre conmigo".



Explicar su historia no tendría demasiado sentido,

ya que es un guión que se repite en todos los rincones del planeta.



Hombre abandona a mujer / Mujer debe criar sola a dos niños pequeños, contra viento y marea, en un país donde falta trabajo y sobra machismo. La misma trama de siempre con actores distintos. Ella se queja de aquel hombre que la abandonó por otra, desapareció para siempre y se olvidó de sus hijos. Pero lo hace con la boca pequeña, como queriendo no revolver un pasado que en realidad nunca olvidará. "No pasa nada, mi Diosito siempre me ha ayudado a salir adelante".



Explicar el final de esta película, sin embargo,

tiene todo el sentido del mundo.


Nos confiesa que ahora es, simplemente, feliz. Y desprende un orgullo inmenso cuando nos resalta que sus dos hijos, ahora veinteañeros, han casi acabado sus carreras universitarias y que son "buenas personas", que no la tratan solo "como una madre, sino como a su amiga". Dice que por fin consiguió comprar "una casita de esas pequeñitas" y que ahora sueña con tener un taxi en propiedad, para poder seguir trabajando muchos años más, porque sino, "en casa me muero sin hacer nada". Pero sonríe, porque puede trabajar en una época sin oportunidades, y menos para una mujer de cincuenta años, desgastada por el tiempo y las lágrimas. "Puedo hacerlo gracias a que mi Diosito no me abandona".


Cuando pagamos y bajamos del taxi, ella da repetidas gracias y se marcha serena, tranquila, calle abajo. Su minúsculo vehículo amarillo se pierde en la oscuridad, como si cayera el telón de la misma obra de siempre, pero esta vez con final feliz. El suyo. Con nombre y apellidos. Y con su Diosito en el asiento del copiloto.




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