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16 septiembre 2010

Becarios

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Strauss-Kahn alerta del peligro de que el alto paro juvenil cree una "generación perdida". (El País)


Pues eso.

13 agosto 2010

El sonido de los helicópteros

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Me despierta lo que creí que había sido un fuerte trueno, uno más de esos que se escuchan en estos meses de lluvias interminables en Bogotá. Recuerdo que pensé que había sido más sonoro de lo habitual, pero seguí durmiendo sin preocuparme. Al rato, suena el teléfono.


"- Àlex, ve corriendo a casa de Leo, ahí está Mauricio. Ha tomado unas primeras imágenes con su cámara, todo el mundo las está pidiendo en Madrid. Sal corriendo y ve hacia ahí ahora mismo!.

-Ok, ok.. en seguida voy hacia ahí… pero.. qué ha pasado?

-¿Cómo?¿No lo sabes??!!.

-Pues no… estaba durmiendo...

-Àlex, han puesto una bomba en nuestro edificio."


Al despejarme tras la súbita noticia, supe al momento que no era una broma, porque escuché helicópteros sobrevolando el barrio. Los helicópteros son siempre un mal presagio. En condiciones normales, su sonido no irrumpe en la ciudad. Solo el caos los atrae. Su vuelo sobre nuestras cabezas supone que algo se ha roto en nuestra normalidad. Igual que el sonido al pisar cristales en el suelo o las sirenas de policía. No es su sitio natural, ni la ciudad para los helicópteros ni nuestras suelas de zapato para los cristales.


Bajo mi calle corriendo y llego a la Séptima, una de las arterias principales de la ciudad, a esas horas habitualmente repleta de busetas, cláxones y gente medio dormida dirigiéndose a sus puestos de trabajo. Ayer el panorama era totalmente diferente. Ni un solo vehículo, gente marchándose del lugar o acercándose a curiosear. Bomberos y policías. Vallas acordonando la zona. Y helicópteros, con ese sonido perturbador.





El acceso al edificio de Caracol Radio, donde Agencia Efe también tiene la sede de su delegación en Colombia y de la Mesa central de América Latina, es imposible. La casa de uno de los fotógrafos de la agencia se convierte en una improvisada redacción. Cuando más tarde por fin nos dejan acceder al edificio, lo primero que hago es agarrar la cámara de vídeo y buscar la manera de llegar al lugar de la explosión. La redacción de Efe está intacta, pero no así el vestíbulo de acceso a la torre donde se ubica, lleno de cristales esparcidos por todas partes, o la entrada a la torre de Caracol, cuyo techo parece aguantar milagrosamente.


Tras varios minutos, consigo llegar a la zona cero, aunque más bien es una zona de guerra en toda regla. Agentes de la Fiscalía escarban entre las cenizas y las piedras, buscando restos del coche. Las oficinas de Bancolombia y el BBVA han literalmente desaparecido. Las paradas de autobús frente a las que estalló el coche-bomba son simplemente esqueletos de metal. No puedo evitar pensar qué hubiera ocurrido si el atentado hubiese pasado una hora más tarde, cuando esa zona empieza a ser un bullicio, y esa idea me incomoda, pues la palabra masacre es lo único que consigo articular, algo que por suerte solo está en mis pensamientos sobre qué podría haber sido. Alzo la vista a los edificios de enfrente, todos viviendas. Sin quererlo, la estampa me trae aquellos recuerdos de niñez de la guerra de Yugoslavia a través de las pantallas de televisión, con los edificios descompuestos, sin cristales en las ventanas, y gente triste mirando a través de ellas. Ayer todos los edificios de Bogotá parecían más viejos, más grises. Cuando vuelvo a bajar la vista, veo entre los agentes de la policía judicial algo en lo que no me había fijado hasta entonces: el agujero de la explosión. Un boquete en el centro financiero de la capital, en uno de los edificios más emblemáticos, en la voz de varios medios de comunicación, en el corazón de todos los bogotanos. Hacía cuatro años que no asistían tan cerca a una escena así.


Por eso, horas más tarde, decenas de ciudadanos se van agolpando paulatinamente en la plaza frente al edificio, convocados por Twitter y otras redes sociales, hasta que el lugar se llena de velas y pancartas en contra del terrorismo. Solo las luces de los vehículos de bomberos y policía que aún permanecen en la zona consigue iluminar más que esos pequeños cirios. Pero uno a uno, consiguen llenar simbólicamente ese agujero en mitad de la ciudad. Acallar las hélices de los helicópteros y apagar el color rojo de las luces de las sirenas de policía. E incluso también silenciar aquel trueno que pareció de una tormenta que nadie esperaba. Aunque hoy me despierte nuevamente con el sonido de los helicópteros, que siguen patrullando una ciudad que tardará tiempo en recuperar su normalidad.













09 mayo 2010

Platoniana

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"Platoniana", de mi amiga, periodista y fotógrafa Laura Muriel Valcarcel



Primer premio Sant Jordi 2010 en la categoría de Fotografía individual, otorgado por la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona

04 mayo 2010

¡¡¡Shhhhhhhhhh!!!

¡¡¡Shhhhhhh!!!! ¡¡¡Calla!!!




(Foto) Carlos Ortega, fotógrafo de Efe, después de la agresión de la Policía a

seis periodistas en la manifestación del Día Internacional del Trabajo en Cali,

denunciada por la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP)




"Una prensa libre puede ser buena o mala,

pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala"

Albert Camus (1913-1960), Novelista, dramaturgo

y ensayista francés, Premio Nobel de Literatura

03 mayo 2010

"No hay nada que celebrar"

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Colombia. Año dos mil diez. Periodistas asesinados, cuatro. Amenazados, treinta y siete. Uno más, es decir, treinta y ocho, es la cifra de periodistas asesinados en todo el mundo en lo que va de año. En cuatro años, más de cuatrocientos. Promedio por año, cien. El pasado mes de abril, un repunte, con quince periodistas asesinados. Uno cada dos días. Ciento sesenta y cinco encarcelados en estos cuatro meses en todo el planeta. Seis periodistas agredidos por agentes de la Policía durante las manifestaciones del Día del Trabajador en Cali, de los medios Agencia Efe, Associated Press, Associated France Press, Cable Noticias y Caracol Noticias. Uno más agredido el mismo día en Bogotá. Puntos de sutura en su cabeza, diez. Asesinatos de periodistas que quedan impunes en todo el mundo: Noventa por ciento de los casos.


"Hoy no hay nada que celebrar". Eduardo Márquez, presidente de la Federación Colombiana de Periodistas, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa.






Fuentes: Federación Colombiana de Periodistas (Fecolper), Reporteros Sin Fronteras (RSF), Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), Campaña emblema de Prensa (PEC), Comité para la Libertad de los Periodistas (CPJ), El País.


Fotografías: Arriba, agresión a Oriol Segón Torra, periodista español independiente de medios internacionales, en la manifestación del Día del Trabajador en Bogotá (Damien Fellous). Abajo, la policía hondureña rodea al fotógrafo de Associated Press (AP) Darío López-Mills durante las protestas con motivo del golpe de Estado en 2009 (Reuters/Oswaldo Rivas)

23 abril 2010

Miradas en blanco y negro en una Colombia teñida de rojo


Con los incómodos disparos de su cámara como única arma, el fotoperiodista colombiano Jesús Abad Colorado trata de destapar con una mirada en blanco y negro esa Colombia teñida de rojo por el conflicto interno que la desangra, ese "espejo roto" al que ciudadanos, medios y políticos parecen no querer mirar. Una guerra en la que confluyen guerrilla, Ejército, narcotraficantes y paramilitares, oculta bajo el velo de la banalización de los medios, el silencio de los gobernantes y el agotamiento de la ciudadanía, que enmudecen los gritos de desesperación de miles de colombianos salpicados a diario por el conflicto armado. Sin embargo, como en una de sus fotografías, Abad es esa niña de mirada descarada que observa directamente a la cámara a través de un agujero de bala en uno de los cristales de la ventana de su casa.


"Creo que el dolor de los desplazados, de las masacres y de tanta tragedia que vivió Colombia saturó de alguna manera a la gente, no querían ver más", dice Abad. "Pero cuando uno tiene la posibilidad de mirarse en el espejo que ha dejado la guerra, un espejo roto que nos está reventando en la cara, ve eso enfrente y todo el dolor que ha producido, yo creo que debe preguntarse: quiénes nos han gobernado y han permitido que esto llegue hasta aquí?".


Dieciséis años de imágenes en blanco y negro para hacer reflexionar a los colombianos, pues fue precisamente esa carencia de reflexión y de análisis lo que le llevó a abandonar el periodismo en los medios de comunicación e iniciar un camino en solitario con el fin de detenerse a "narrar", a estar "al lado de los que más han sufrido". Y es que triste de que los periodistas olviden su profesión y se limiten a acusar a narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares como únicos causantes del conflicto, Abad se pregunta cuál es la responsabilidad del Estado y los políticos, impunes en un país en que "periodismo y poder van de la mano". "Lo que hago -recalca- es documentar los hechos desde todas sus caras y facetas, no para decir quién es peor o quién es mejor, sino para mostrar los efectos perversos que tiene la guerra sobre la vida colombiana. El periodismo no es para ver solo con un ojo".


Por ello, con su cámara trata de reflejar todos los aspectos y consecuencias del conflicto, ya sea desde la más cruel de las muertes a la más esperanzadora de las sonrisas de un niño cuya familia sufre los efectos del desplazamiento forzoso, pero fotografiando siempre desde la ausencia de todo color, como si quisiera evitar cualquier desvío de atención y mostrar solo la realidad cruel de un conflicto que a veces se torna invisible, camuflado por esa Colombia que parece ser solo "pasión" según los medios y el Gobierno, pero que "más allá de cascadas, arco iris y bosques" oculta comunidades que son desplazadas y asesinadas a diario. "No es justo que la gente pierda el territorio y la vida con el silencio de los medios", lamenta este fotoperiodista de Medellín, que admite haberse sentido "muy solo", sobre todo por no poder llegar a muchos lugares en los que se debe contar lo que está sucediendo.


Cuando finaliza una de sus conferencias en el II Congreso Mundial de Trabajo Psicosocial en Desaparición Forzada, Procesos de Exhumación, Justicia y Verdad, que se ha celebrado estos días en Bogotá, un grupo de mujeres se acerca a Abad y le ruegan que acuda a Nariño, una de las regiones colombianas más azotadas por la guerra, para documentar las injusticias y atrocidades que ahí se están produciendo. Abad les entrega su contacto y les promete acudir lo antes posible para ayudar a destapar otro silencio más. En definitiva, para que el rojo invisible de Colombia se haga evidente en el blanco y negro de su mirada.


(La entrevista publicada completa, aquí, y el vídeo, aquí)


22 abril 2010

EFE en huelga


Primer día de las dos jornadas de huelga de EFE en España, con un 80% de seguimiento en general, un 94% en Barcelona. Pero mejor que explicarlo yo, os dejo a alguien con muchos más años subido al carro de esta agencia, compañero en la delegación de Barcelona. Y con el Lipdub de protesta que han hecho entre todos los trabajadores de la delegación.


"Duele que después de unos cuantos años de esfuerzos, de fines de semana dedicados a la causa, después de unos cuantos millones de palabras escritas entre todos, después de ilusiones enterradas y de sueños medicumplidos, un día te digan que todo eso de poco ha valido, que ahora habrá una nueva vuelta de tuerca, que esta vez no vamos a hablar de modelos de periodismo, sino de rebajas de sueldo, no de congelación, sino de tres años de sueldos menguantes. Parece que nadie recuerda que en los últimos años hemos perdido más de un 15 por ciento de poder adquisitivo y que de tanto esfuerzo, ya estamos agotados. En el fondo, habíamos venido aquí a escribir, a dedicar los mejores años de nuestra vida a la causa, pero parecen decididos a amargarnos la existencia.

La idea, la realización y el montaje del lipdub han sido cosa de Jose. Los extras hemos disfrutado como enanos. Cosas del multimedia.

En defensa de los trabajadores de EFE, en facebook."


06 abril 2010

Ellos

Atardecer en el aeropuerto de Florencia (Caquetá), en el sur de Colombia



Muchos de ellos se preguntaron por qué, cuando descendió del helicóptero militar brasileño, no echó a correr enloquecido hacia los brazos de su padre en aquel caluroso aeropuerto en mitad de la selva colombiana. Por qué no lloró, por qué no rió a carcajadas frenéticas de libertad tras el mayor de los cautiverios. Por qué, simplemente, no perdió el control de sus emociones en ningún momento, se cuestionaron ellos.


El profesor Moncayo, el sargento Moncayo, la hermana Moncayo. Todos demasiado gélidos, agarrotados. Los abrazó, sí, pero como si les hubiera visto dos días antes y no doce años atrás. Descendió del helicóptero de un salto rápido, claro, pero en seguida hizo señales a su padre para que calmara su carrera hacia él. Saludó uno por uno a todos sus familiares y amigos, obvio, pero con calma y mesura, sin escenas melodramáticas. No hubo excesos, en definitiva. Qué extraño, insinuaron ellos.


Y habló delante de ellos, sin miedo. Lo hizo controlando los blancos entre palabras y los negros entre silencios, escribiendo cada frase con una caligrafía perfecta. Sin estridencias, escogiendo cada idea como si la hubiera estado moldeando mentalmente durante años. Doce. Diciendo y callando con toda precisión, y rematando los finales de cada intervención con una sentencia abrumadora. No saben lo asombroso que es volver a ver civilización. Demasiado calculado, dijeron ellos.


¿Pero quiénes perdieron el control durante horas, peleándose a codazos por el espacio y por la mejor imagen del liberado?¿Quiénes buscaron los excesos en cada disparo, en cada toma, en cada conexión en directo?¿Quiénes escudriñaron cada uno de los abrazos para calcular niveles y grados de cariño?¿Quiénes basaron muchas de sus preguntas en la estupidez y en las cuestiones más ínfimas, dejando de lado lo esencial en busca de lo sensacional?¿Quienes fueron los realmente fríos en toda esta historia con aires de telenovela? Ninguno de ellos, por supuesto, tuvo el valor de plantearse alguna de esas preguntas.


15 enero 2010

Rock Band

Ver a un candidato a la presidencia de Colombia sentado en uno de los asientos traseros de su Land Rover y sosteniendo durante todo el viaje una camarita de EFE, trípode incluido, resulta, por lo mínimo, una imagen cómica para un becario condenado a cargar eternamente con ese chisme más propio de una boda familiar de bajo presupuesto. Ahí está Sergio Fajardo, ex alcalde de Medellín, agarrando la cámara de vídeo como si se tratara de un periodista principiante que se dirige a su primera cobertura y la vida le fuera en ello. Esbozo una sonrisa y miro al frente, donde el asiento del copiloto está ocupado por un oficial de policía perfectamente ataviado con su traje de gala, de mirada tan recta como la raya de su pantalón. Extraño cuadro, pienso. Estoy sentado junto a un clon de Julio Iglesias en versión político, en un 4x4 conducido por un guardaespaldas con aspecto de vendedor de Tecnocasa y un policía con traje de comunión. Parece un chiste de Eugeni.


En una entrevista minutos antes, Fajardo, profesor universitario de Lógica Matemática, detallaba su fórmula para combatir el peor de los males de este país que me acoge, en una operación a priori simple, basada en la "transformación social a través de la educación", restando violencia y sumando oportunidades. Dicho así suena fácil, aunque nunca se me dieron bien los números. Mi mente llega a la conclusión que la ecuación parece linda, aunque llegar a despejar las incógnitas puede resultar mucho más complicado de lo que parece. Sin embargo, de Fajardo me conquista su claridad en la expresión, y su discurso pausado y sensato, en un continente donde nada parece razonado y razonable.


Y mi primer día laboral finaliza tras pasarme toda la tarde editando imágenes de un futurible presidente que reparte panfletos en plena Avenida Chile, estrecha centenares de manos sudadas pero ilusionadas, o persigue cómicamente a ancianas -en una escena más propia de Benny Hill- que le confunden con un engorroso encuestador callejero. Cuando abandono la redacción con una enorme mochila de satisfacción a mis espaldas por un día provechoso, no puedo evitar pensar en una situación que viví hace aproximadamente una semana. Tras detectar un error en una tarjeta de telefonía que adquirimos en la Panamericana, una especie de FNAC a la latinoamericana, volvimos al establecimiento a última hora de la tarde para que nos solucionaran el problema. Fue entonces cuando descubrimos que los empleados del local, ante la ausencia de clientes, aprovechaban las últimos suspiros de su jornada laboral para jugar a videojuegos de la tienda, frente a pantallas panorámicas de precios desorbitados. Y ahí estaba el encargado del establecimiento, un tipo aparentemente agrio, pero que lejos de regañar a sus subordinados, esperaba su turno para convertirse en un guitarrista de metal duro en el videojuego Rock Band. Y mientras recupero ese recuerdo, pienso que realmente soy un tipo con suerte, que no tiene que esperar al final de su jornada de trabajo para encontrar un pequeño rincón de diversión. Un afortunado, por haber escogido una profesión en que las partidas son ilimitadas, cada día acumulas bonus y miles de puntos, y cuyo Game Over no son más que las horas en las que uno abandona la redacción para volver a casa, hasta volver al día siguiente y recuperar la partida guardada. Realmente, cada día me gusta más este juego.

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